Sabores y silencios del camino

septiembre 6, 2026 Bitácora de una Fotógrafa, Diario de viaje, Fotografía de naturaleza, Ruta Panamericana

La cocina también viaja

Hoy quiero responder a un comentario que me llegó y que tal vez tú también te habrás hecho: “¿Y qué comen mientras viajan?”

La comida ha sido un punto central desde la planeación de nuestro viaje, porque tanto Martín como yo disfrutamos de la cocina y de la buena mesa. Como tú sabes, me encantan las historias y hoy, cuando empecé a escribirte, estuve pensando hasta dónde debía devolverme para encontrar el momento en que empecé a cocinar.

No vengo de una familia de cocineros. Ojalá hubiera cocinado desde niña al lado de mi mamá, pero ella ¡detestaba cocinar!

Siempre me dijo que le había tocado hacerlo por necesidad, pero desde muy pequeña descubrí que las mamás de mis amigas sí cocinaban y cada una de ellas tenía platos especiales para demostrarlo. Mi mamá, en cambio, era experta en abrir enlatados. Claro, ella me jalaba las orejas cada vez que yo hacía este comentario. Debo aclararte que nunca aguantamos hambre bajo su tutela, pero tampoco preparó nada más sofisticado que unos espaguetis con atún o una cazuela de pan con huevo.

Cuando salí de mi casa a los veintidós años y empecé a vivir sola, sentí el apremio de aprender y nunca he dejado de hacerlo… hasta ahora, que Martín me ha relevado.

Siempre me ha gustado experimentar, ensayar recetas, invitar amigos y cocinar para mi familia y uso mis redes sociales casi exclusivamente para revisar recetas. Martín creció a mi lado en la cocina. Le instalé un banco para que alcanzara el mesón y allí aprendió a explorar los aromas de las especias y a condimentar la comida.

Desde pequeño le repetí, al igual que lo hice con sus hermanos mayores, que la única forma de comer sabroso era aprendiendo a cocinar. Él hizo un recorrido similar al mío y se vio obligado a preparar todas sus comidas cuando se fue a la universidad.

El vivir en una ciudad tan diversa como Nueva York le permitió explorar la gastronomía de diferentes países y también él empezó a cocinar para sus amigos.

Nuestra cocina sobre ruedas

Una de las primeras listas de chequeo que hicimos fue la de la cocina. No es lo mismo cocinar en una casa que en una fogata o en una hornilla a gas. Durante los últimos seis años de mi vida nómada me había ido adaptando, aunque en general cocinaba en los Airbnb y preparaba comida para varios días.

Aquí te comparto un video que hice en el 2021, cuando apenas empezaba la pandemia y recibí la misma pregunta: “¿Qué como en el camino?”

Pero en esa época viajaba sola y, la verdad, comía muy sencillo. Para Martín, cada comida es una ocasión especial y debe celebrarse, así sea con una arepa.

Antes de iniciar este viaje, lo primero que hicimos fue comprar un sartén de hierro y una hornilla a gas, que se convirtieron en las piezas principales de nuestra cocina. Tenemos una amplia variedad de especias, condimentos y aceites, y poco a poco hemos ido equipándonos con lo esencial para el reducido espacio que tenemos disponible.

Martín, chef del campamento

Los días que no cocinamos, buscamos comidas que compitan en calidad y sabor con lo que preparamos en el campamento. En general buscamos nuestras favoritas: asiática para Martín y de mar para mí.

En el campamento ahora tengo el honroso título de “asistente de cocina” y encargada de la limpieza, que, aunque no es tan glamuroso, es indispensable. En muchos de los lugares donde acampamos no hay agua potable o no hay agua ni siquiera de dudosa calidad, así que debemos llevarla o filtrarla y, especialmente, cuidarla como nuestro mayor tesoro.

Todas estas restricciones exigen organización en todo sentido: preparación, recolección de desechos y limpieza de ollas y utensilios. La norma número uno es: no se desperdicia nada. Y la segunda: en el plato no debe quedar ni un grano de arroz. No podemos ensuciar el bosque ni dejar rastros que atraigan animales. Así que medio en broma les digo a los chicos: “aquí vale lamer el plato”.

Una cocina entre bosques y carreteras

La refrigeración, o la falta de ella, condiciona la cantidad de comida que podemos llevar. Si sabemos de antemano que estaremos varios días sin dejar el campamento, empezamos por lo más perecedero: el pescado. Después siguen las verduras y las frutas y, por último, lo no perecedero, que incluye la harina para las arepas, el arroz, las lentejas, los frijoles y la pasta.

Hasta ahora hemos comido delicioso, aunque en general tratamos de agrupar las comidas y hacer solo dos al día en lugar de tres, porque así ahorramos tiempo de preparación y limpieza. Cuando me levanto antes del amanecer, me como una fruta y me tomo un té.

Llegamos al desierto

Esta semana llegamos al sur de California en uno de los días más calurosos del año, el termómetro marcaba 48 °C y el aire acondicionado no alcanzaba a regular la temperatura. Los primeros días estuvimos dentro de la casa, acostumbrando nuestros cuerpos y descansando después de dos meses y medio de armar y desarmar campamento casi todos los días, manejar largas distancias y conocer lugares asombrosos.

Nuestro Atlas también necesitó un chequeo completo después de los casi 24.000 km recorridos desde que comenzó esta “Ruta Panamericana”.

Por unos días estuve trabajando en mi acuarela del páramo, esperando recibir un poco de frescura de las montañas andinas. Nos convertimos en animales nocturnos y solo salíamos de casa por las noches para conseguir comida. Cuando bajó la temperatura a los “cómodos 35 °C”, dejamos nuestras madrigueras y empezamos a explorar el desierto.

Nuestra primera expedición fue a ver el atardecer desde la cima del monte San Jacinto, con una altitud de 2.596 metros (8.516 pies). Para subir tomamos un teleférico cuya góndola circular, con piso giratorio, nos permitió tener una panorámica de 360 grados durante el ascenso. Aunque en la base estábamos a más de 30 °C, en la cima la temperatura era de 10 °C y soplaba un viento tan fuerte que era difícil sostenernos en pie. Afortunadamente, íbamos bien provistos de ropa abrigada y pudimos disfrutar de una vista increíble sobre el valle.

El Parque Nacional de Joshua Tree

El amanecer

Martín y yo visitamos el parque el mismo día, aunque a horas diferentes. Yo salí de madrugada y llegué a las 5:00 a. m. para fotografiar el amanecer. Martín fue al mediodía y esperó hasta la noche para ver la Vía Láctea.

La emoción de ver teñirse de colores el cielo me aceleró el pulso mientras recorría las solitarias carreteras del parque, porque tenía una meta precisa: el Jardín de Cactus Cholla.

Este tipo de cactus es llamado coloquialmente “oso de peluche” porque desde lejos tiene un aspecto regordete y suave, pero esto es solo en apariencia. Sus tallos están recubiertos por una tupida capa de espinas con un diseño extraordinario. Sus segmentos se desprenden con enorme facilidad al entrar en contacto con algo y las espinas, al penetrar la piel, despliegan pequeñas lengüetas microscópicas que se aferran a los tejidos y hacen que retirarlas sea muy difícil y doloroso. Este mecanismo también le permite a la planta reproducirse, ya que los segmentos desprendidos pueden echar raíces y formar una nueva planta.

Los árboles de Joshua

Una vez salió el sol, estuve recorriendo el parque para observar los árboles de Joshua. Parecen árboles por tener un grueso tronco y largas ramas coronadas de hojas, pero en realidad estas plantas pertenecen al grupo de las yucas y están emparentadas con los agaves. Sus hojas terminadas en punta se expanden en forma de roseta y de allí crecen las flores blancas y los frutos.

Su desarrollo es muy lento. Durante sus primeros años crecen como un único tallo y van ganando apenas unos centímetros cada año. Las ramas comienzan a desarrollarse después de la floración.

Durante mi primera visita al parque, en marzo de 2021, tuve muchísima suerte porque encontré un árbol florecido. Ellos no florecen todos los años y, cuando lo hacen, la floración ocurre generalmente entre febrero y abril dependiendo de factores como la cantidad de lluvia y la temperatura. Las bajas temperaturas del invierno también desempeñan un papel importante en el proceso de floración.

De los muchísimos árboles que vi en el desierto, solo uno tenía flores. Ahora, en agosto de 2026, las pocas flores que pude encontrar estaban secas y marchitas.

Las palmas de abanico de California

Estas increíbles palmas también son nativas de esta región y se encuentran en los oasis, donde tienen acceso al agua subterránea que asciende a través de las fracturas del terreno. Necesitan mucha agua y la extraen de la que se acumula bajo tierra.

Sus raíces forman densas redes alrededor de los oasis. Pueden llegar a medir cerca de treinta metros y sus hojas, al secarse, no siempre se desprenden como ocurre en otras especies de palmas, sino que permanecen pegadas al tronco formando una gruesa falda que se va acumulando mientras la palma crece.

Al agruparse, forman verdaderas paredes de vegetación que crean un hábitat propio y albergan numerosas especies de aves, murciélagos e insectos.

Esta capa de hojas secas ayuda a crear refugio y aislamiento alrededor del tronco, aunque también puede desaparecer durante inundaciones o incendios. Las palmas adultas tienen una sorprendente resistencia al fuego y los incendios pueden incluso favorecer su regeneración al eliminar parte de la vegetación que compite con las plántulas por la luz y el espacio.

Mi caminata por el desierto fue una experiencia inolvidable. Cuando llegué al oasis, me sorprendió escuchar, por primera vez en varios meses, el canto de los pájaros. Hasta ese momento solo había escuchado el viento.

Pero allí se percibía la vida.

Joshua Tree al anochecer, por Martín

Cuando pienso en una belleza natural impresionante, casi siempre pienso primero en las montañas. Las verdes y exuberantes cordilleras de Colombia son las primeras montañas que recuerdo, tan llenas de vida que parecen desbordarse. Cuando empecé a viajar y a explorar otras partes del mundo, los lugares que siempre soñé conocer fueron las selvas salvajes de África Central y el Sudeste Asiático, los bosques lluviosos del Pacífico Noroeste y los inmensos bosques boreales de Norteamérica y Asia. Sin embargo, el desierto nunca me había atraído demasiado en comparación con todos los otros lugares hermosos del planeta. ¿Qué es un desierto sino la ausencia de vida, un ambiente que castiga a la vida por siquiera atreverse a intentarlo?

Al llegar a Joshua Tree, lo que me recibió no fue el ambiente estéril y mortal que había imaginado, sino un bosque de hermosas palmas de abanico de California. Amontonadas como hormigas que convergen sobre un Cheeto caído, el oasis del desierto era el espacio verde natural más grande que había visto en el sur de California. A medida que seguí caminando por el sendero, lo que más me impactó fue el ruido o, mejor dicho, su ausencia absoluta. Ni un pájaro, ni un avión, ni siquiera otra persona que pasara cerca. Nunca en mi vida había experimentado lo que era un verdadero silencio ensordecedor.

Sentado junto a una roca que me daba sombra, bajo un sol abrasador, lo único que podía escuchar era mi propia respiración. Fue entonces cuando me di cuenta de que, a menos de treinta centímetros de mí, había un pequeño reptil blanco. Mirándome directamente estaba una lagartija de cola de cebra, de apenas unos centímetros de largo y tan blanca como las rocas y la arena bajo sus patas. Pero casi tan pronto como la vi, desapareció corriendo.

Debajo de otra roca vi unos bigotes que sobresalían y, poco después, un pequeño ratón del desierto asomó la cabeza. Así como los ojos se acostumbran poco a poco a la luz de una habitación oscura, cuanto más tiempo permaneces en el silencio y la quietud del Mojave, más empiezas a comprender que esa aparente ausencia de vida es apenas una fachada que esconde el diverso ecosistema que ha hecho del desierto su hogar.

En un bosque o una selva tropical puedes sentarte y prácticamente contemplar un documental de National Geographic en cada rincón. Para apreciar la belleza del desierto, en cambio, se necesita más paciencia y quietud. Cuando levantas la mirada hacia el cielo nocturno del Mojave y dejas que tus ojos aprendan a seguir las estrellas fugaces, descubriendo poco a poco los pequeños detalles entre las siluetas nebulosas de la Vía Láctea, comprendes que el desierto exige dedicación.

Estar en un paisaje aparentemente desolado y árido, tendido como un puente entre el cielo y la tierra, te hace sentir pequeño como pocos lugares en el planeta pueden hacerlo. Creemos haber domesticado la naturaleza, pero somos tan frágiles como el ratón del desierto que se esconde del sol, ambos vulnerables a las mareas y a los caprichos de la Tierra.

Comentarios

14 respuestas a “Sabores y silencios del camino”

    • Gracias! La verdad cada día sentimos que es la mejor vida que podemos tener. Ayer en la tarde aparecieron las primeras nubes desde que llegamos al desierto y fuimos a visitar un río, también algo inusual, cuando empezó a oscurecer aparecieron unas nubes increíblemente hermosas. Las prometo para la próxima semana, pero mientras regresábamos le dije a Martín: Que día tan hermoso!

  1. Queridos Vicky & Martín.
    Felicitaciones por la narrativa tan agradable. Disfrutamos Diego y yo, de su recorrido.
    Qué viaje tan espectacular, qué experiencia tan admirable. Seguimos atentos de su aventura maravillosa. Abrazos.

  2. Leer tus historias es mas emocionante que cualquier novela! me encanta tu narrativa sencilla, me transortas a esos lugares mágicos! y todo esto adornado con esas espectaculares fotos! Que mas se puede pedir? FELICIDADES y un fuerte abrazo para ti y tu hijo; y… que paso con el amigo de tu hijo?

  3. Hermosos paisajes de la Madre Tierra que nos compartes y nos animas con tu trabajo a agradecer vivir en el planeta Tierra donde la diversidad nos enseña la grandeza de la Naturaleza y lo vulnerables que podemos ser ante ella. Gracias Victoria y Martín por estar compartiendo su bella experiencia, llena de aventura y de conocimiento. Los quiero.

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