¿Olvidé algo antes de salir?
Por fin se llegó el día tan anhelado, ¿pero puedes creer que tengo la sensación persistente de haber dejado algo atrás?
He revisado mis listas de chequeo y todo parece estar en orden. No es mi primera salida y con cada una he ido dejando atrás pedacitos de mi corazón, pero tal vez lo que me sucede hoy es que siento que esta partida es definitiva.

La mañana estuvo agitada. Me levanté antes de las cinco para terminar de empacar, me fui a Washington a recoger mi pasaporte azul y desde allí tomé el metro hasta la estación donde había dejado mi camioneta. Por fin empecé a dejar atrás el calor del mediodía. El GPS me mostraba un recorrido de cuatro horas hasta la ciudad de Nueva York, que se transformaron en cinco al entrar en el caos del tráfico. Eran casi las cinco cuando recogí a Martín y nos tomó tres horas más llegar hasta nuestro primer destino: el campamento Hammonasset Beach State Park, en el estado de Connecticut.
Estábamos ansiosos por llegar, pero el tráfico no tenía prisa. Llegamos casi a las ocho y, aunque todavía nos quedaba casi una hora de luz, no queríamos armar la carpa a oscuras. Habíamos hecho una prueba dentro del apartamento en Florida, pero armarla en el mundo real era otra cosa. Acabamos riéndonos porque tuvimos que dar marcha atrás muchas veces, y fue la cubierta para la lluvia la que nos tomó el pelo por un buen rato. Esa noche había pronóstico de tormenta, así que no era un paso que pudiéramos obviar.

Al entrar en mi nuevo hogar me emocioné. Sentí que ese refugio sería nuestra casa por muchos días. Desde afuera brillaba como un topacio en medio de la oscuridad, donde un cachito de luna apenas visible proyectaba una luz muy suave. Esos breves momentos me reafirmaron el motivo por el cual estaba allí.
La semilla de mi aventura

Pensé en mi mamá. Tal vez eso era lo que sentía haber dejado atrás aquella mañana. No era algo que hubiera olvidado empacar, era un recuerdo. Fue ella quien sembró en mí la semilla de la aventura para poder disfrutar de estos momentos en la naturaleza.
Cuando ella era niña quiso ser scout y soñaba con poder dormir en una tienda de campaña al lado de una fogata. Pero en esa época solo sus hermanos hombres tuvieron ese privilegio. Cargó esa espina toda su vida hasta que decidió fabricar su propio sueño cuando ya tenía cinco hijos. Consiguió unas carpas de una lona tan pesada que absorbían el agua de la lluvia que se filtraba por la estructura, y siempre amanecíamos mojados. Diseñó una mesa plegable de madera que se abría como una caja y adentro llevaba la vajilla, las ollas y los implementos de cocina. Nos cosió las colchonetas, los sleeping bags, y consiguió que alguien le doblara unos tubos de aluminio para fabricar unos banquitos cubiertos con un lienzo de rayas de colores.
Solo ahora que empiezo esta nueva aventura y me devuelvo en el tiempo, me sorprendo al recordar cómo ella sola hizo todo eso, y a mis hermanos y a mí nos parecía lo más normal del mundo.
Hicimos camping en los lugares más hermosos y remotos de Colombia. Nos bañábamos en el mar, en los ríos y en las cascadas. Pasábamos hasta dos semanas sin ducharnos con agua caliente y sin usar un inodoro, solo una pala. Pero nunca nos molestó la arena o la sal en el cuerpo. Visitábamos lugares sin recursos y muchas veces tuvimos que llevar una caneca con agua potable estrictamente para beber. Nos cepillábamos los dientes con agua de mar y usábamos champú de bebé mientras saltábamos las olas al atardecer.
A ella nunca le gustó cocinar y se daba sus mañas para alimentarnos, en especial a mis cuatro hermanos adolescentes que comían como energúmenos. Cocinaba las papas y la pasta en agua de mar para ahorrar agua dulce y para que de una vez le quedaran saladas. Llevaba enlatados y compraba yuca, pescado y langostas a los pescadores locales. Todavía atesoro cada uno de esos campings y sé que por eso ahora llevo esta vida. Aprendí a dormirme al arrullo de la brisa y las olas. Recuerdo las noches estrelladas, el sonido de las palmeras y cuando mi único miedo era que me cayera un coco en la cabeza. Pero no me asustaba cuando una vaca mugía a través de la tela de mi carpa.
Mientras recordaba ese tiempo lejano me quedé dormida.
El amanecer me trajo de regreso
A las 4:35 de la mañana me despertó una algarabía de cantos, chillidos y llamados, algunos tan cerca que parecían originarse sobre mi almohada. Decidí grabarlos. La carpa estaba iluminada por una luz muy tenue y Martín dormía apacible a mi lado, ajeno a ese mundo que vibraba a nuestro alrededor. Después escuché el martillar fuerte del agua contra la tela.
Tuve una sensación muy extraña porque sentía ese mundo tan cerca que casi podía tocarlo, pero no podía verlo. El velo de mi crisálida me impedía ver el exterior. Estuvo lloviendo de forma intermitente y mientras tanto yo leía, escribía y dormitaba.
Cuando por fin salí de mi escondrijo me encontré con algo que no esperaba: estábamos acampando en un gran parqueadero con césped perfecto y árboles decorativos. Cuando hice la reservación escogí un lugar en la periferia que daba a un humedal, por eso escuché las aves, pero frente a la carpa no había vegetación. Parecía un campo de golf. La naturaleza que había imaginado no estaba allí.
La música de los vecinos apagaba los cantos de las aves que había escuchado temprano. Se izaban innumerables banderas de los Estados Unidos que ondeaban al viento junto con otras que llevaban los apellidos de las familias que visitaban el lugar. Había una actividad frenética a mi alrededor. Desplegaban sus enormes campers y cubrían la hierba con tapetes plásticos de colores, decenas de sillas, montañas de leña, macetas de flores frescas y manteles para cubrir no solo las mesas sino también las bancas de madera que proveía el parque. Los senderos se llenaron de bicicletas y patinetas eléctricas. Sentí que todos sabían exactamente qué hacer, como si llevaran años ensayando un libreto cuyas reglas yo desconocía. Vi tantas cosas extrañas que llegué a la conclusión de que la que estaba perdida era yo. Llevo seis años viviendo como nómada en este país y, aunque pensé que lo había visto todo, esta parte de la cultura popular se me había escapado.
Martín y yo íbamos de paso y este no era nuestro destino, pero la pausa fue muy útil porque vaciamos una vez más el contenido de la camioneta y de la caja para separar la ropa y los objetos según los fuéramos a usar. En la tarde estuvimos inspeccionando nuestros alrededores y encontramos que la reserva natural que rodeaba el parque era un lugar bellísimo y solitario. Los humedales estaban rodeados de espigas y hierbas altas, y había una extensa playa de arena oscura donde el mar golpeaba con violencia las rocas gigantescas. Esperamos el atardecer sin prisa antes de volver a nuestro vecindario.
La naturaleza vibrante
Esa segunda noche fue tranquila y sin lluvia, pero nuevamente, alrededor de las cuatro, me despertaron los cantos y chillidos. Aunque el reporte del clima pronosticaba cielos nublados, decidí salir a explorar el humedal en busca de las aves. Fui conduciendo despacio hacia el este, donde brillaba un leve resplandor entre los espesos nubarrones oscuros.

De repente, el viento le abrió espacio a la luz y hubo una explosión de colores que me dejó perpleja. Allí estaba yo. Sola. Ante aquel espectáculo maravilloso donde los tonos saturados cambiaban segundo a segundo. Podía escuchar el mar, las aves y la brisa agitando las espigas y, para mi fortuna, tenía mi cámara entre las manos. Estuve saboreando cada segundo de ese regalo inesperado hasta que el sol salió triunfante y dorado. Los colores del cielo desaparecieron al instante y las aves escondidas entre el follaje cantaron con más ímpetu. Era como si una varita mágica fuera tocando con su luz los campos que unos segundos antes habían estado sumergidos en la penumbra.
Tomé un sendero entre un bosque rodeado de flores donde la luz danzaba a través de las hojas, formando un mosaico de sombras sobre la tierra. Crucé un par de puentes hasta llegar al mar y sentí una emoción profunda al saber que este era el primero entre muchos días, en los que la naturaleza iba a regalarme sus mejores momentos.
Y aquí estoy contigo, compartiendo lo que veo y lo que siento. Quizás, mientras lees estas líneas desde algún lugar lejano, también puedas escuchar esas aves escondidas en el humedal, sentir la brisa salada y ver cómo el sol transforma la penumbra en oro. Guarda este momento. Tal vez algún día, cuando lo necesites, puedas volver a él.
Y yo, al final, recordé lo que había olvidado.
Hola Victoria,cuando leo tu relato, también recuerdo nuestras salidas en familia por lugares hermosos de Colombia,mi papá tenía un Toyota y montaba de todo en la parrilla,me paraba en todos los lavaderos de carros para bañarme con esas mangueras a presión,son los recuerdos que quedan en el corazón,que sigan explorando lugares maravillosos y compartiendo con todos nosotros.
Ahhh, sipuedo sentir los chorros de agua helada bajando por Valdivia… Gracias por tu mensaje
Me encantan tus crónicas y ni qué decir de las imágenes tan maravillosas. Sigue para adelante!!
Gracias!!Felices de estar construyendo esta nueva vida
Traes paz, naturaleza en su máximo, aventura! Mil gracias por caminar este camino y llevarnos contigo. Un privilegio para nosotros! 🫶🌟
Gracias Mary Jo por unirte a este camino
Para adelante con tus sueños eres una guerrera 💪
Gracias Giovani
Bello amanecer. Que bendición tener esa sensibilidad por lo natural, lo verdaderamente hermoso y significativo de la vida. Mucho que aprender de la pequeña Gran Victoria.
Gracias Ingrid, los llevo en mi corazón siempre
Son hermosos los paisajes junto a los sonidos de la naturaleza, mientras se disfruta de su magnífica narración y sus acertadas descripciones, ¡Invaluable! Muchas gracias por compartirlo.🎶🌷
Muchas gracias Mirna, Que lindo tu mensaje.
¡Hermoso relato de tus vivencias.De lo contemplado a través de tus cámaras y de la naturaleza en su máximo esplendor!
Gracias Luisa!
Qué buen comienzo de viaje y ya con tu pasaporte azul, ( solo por tranquilidad) tú eres de la naturaleza de todo el planeta, gracias por llevarnos en tu viaje, tus relatos, el recuerdo de tu mamá, q lindo, y tus vídeos e imagines son una maravilla y un feliz comienzo para mi día hoy q lo leo y volver a releer cuando quiera sentir esta paz, gracias, gracias, gracias
Gracias!! Que lindo
Vicky, no tenía idea cómo era tu niñez y eso que estudiábamos juntas y heramos vecinas.Me sorprende tu mamá, esperaba que era más parecida a la mía. Deliciosos recuerdos.