Nunca vi un desierto más verde
Nuestra última semana en Baja California Sur estuvo marcada por situaciones agridulces.

Al llegar al sur de la península Martín describió el paisaje con una frase memorable: “nunca vi un desierto más verde”. En el norte habíamos encontrado muy poca vegetación, era un mundo de arena y rocas, y muchas veces monocromático, pero al sur las montañas se vistieron de verde. Aunque el desierto todavía dominaba el paisaje, entre los cactus crecían arbustos, árboles bajos y plantas trepadoras.


Después de dos días de lluvia notamos un cambio sutil: había flores blancas entre la vegetación que rodeaba el camino. Nos detuvimos en un mirador donde la riqueza y el contraste de tonos era impresionante: el cielo celeste y sin nubes, las montañas esmeralda y el mar índigo. Sobre los arbustos se extendían unas plantas trepadoras cargadas de flores blancas que me dieron la impresión de ser copos de nieve atrapados entre las zarzas.


Al empezar a subir las montañas una mariposa amarilla se cruzó frente a nosotros, seguida de otra, y otra… y muchísimas más. Revoloteaban muy cerca y el aire las empujaba hacia arriba antes de chocar con nuestro parabrisas. Su vuelo alegraba este mundo que días antes parecía sin vida y que de repente despertó de un largo letargo. Justo cuando empecé a preguntarme dónde iban a libar estas delicadas criaturas, las flores blancas me dieron la respuesta.
Después apareció un jardín multicolor, primero vi las campanitas amarillas y después las enredaderas rosadas. Crecían al borde de la carretera y en las paredes de roca, yo quería verlas de cerca, pero la carretera era tan estrecha que no podía detenerme.






Al llegar a una explanada pudimos orillarnos y encontramos las hojas de los arbustos que apenas habían brotado y brillaban con un verde fosforescente. Las plantas trepadoras se enrollaban sobre los cactus y los árboles y trepaban por las rocas.
El paisaje verde continuó así hasta que llegamos a La Paz, pero no me detendré más en la historia de nuestro desastre migratorio.
Volando desde Tijuana
El regreso desde Tijuana en el avión me permitió poner en perspectiva todo lo que no pude ver desde abajo, las montañas en el norte parecían hechas de papel de embalar café arrugado, además pude ver lo estrecha que es la península, porque desde mi ventana veía el Mar de Cortés y sus islas y en la parte de arriba de mi ventana brillaba el Océano Pacífico.






Por último, llegamos al sur con sus montañas verdes y los cauces de arena donde se forman los ríos después de las lluvias fuertes.
El cruce al territorio continental
Desde que empezamos a planear el viaje el cruce en el ferri era uno de los momentos cruciales, porque nos permitiría recorrer toda la península de Baja California y luego navegar con el Atlas hasta Mazatlán en el territorio continental.
Aunque creíamos tener todos los papeles necesarios para el embarque, había uno de cuya existencia no sabíamos. Cuando ya estábamos en el puerto, nos dijeron que debíamos regresar cuarenta y cinco minutos hasta La Paz e ir a la misma oficina de migración donde estuvimos retenidos. A mí se me heló la sangre. Me imaginé lo peor y pensé que ahí se iba a enredar otra vez nuestra. situación.



Todo este trámite lo hicimos a pleno sol, mientras la empleada que nos atendía estaba dentro de una oficina con aire acondicionado. Cada vez que ella abría una rendija para hablarme, yo recibía en mi cara una bocanada de aire frío. Era una chica muy joven y estaba desesperada porque no quería ayudarnos, tal vez a ella le entraba un vaho caliente cada vez que abría su ventana. Pero cuando supo que veníamos de Florida, pude conectarme con ella.

Su sueño era visitar Orlando para ir a Disney World y a partir de ese momento nuestra conversación fluyó y pudimos entrar a la página web. Después de muchos intentos en el celular, en el computador y de haber cambiado el idioma del formulario a español, por fin logramos imprimirlo cuando estábamos a punto de derretirnos.
Cuando me dieron vía libre, me fui a la aduana donde me hicieron sacar todo el equipaje y hasta me pidieron los recibos de compra de mis cámaras que ya son viejas. Al final, bañada en sudor, volví a empacar y subí el Atlas al cuarto nivel del barco. Allí me encontré con los chicos a los que habían llevado en un bus. ¿Por qué tuve que hacer sola ese trayecto? Porque he notado que las autoridades prefieren hablar conmigo, me ven como la jefe de la expedición.



El trayecto de doce horas empezó con un atardecer espectacular. El barco era una mezcla de ferri y crucero, teníamos música en vivo y una comida tan abundante que yo no la pude probar cuando vi el tamaño de la bandeja. Dormimos en una cabina diminuta con cuatro camas, pero muy cómoda.


Me levanté temprano para ver el amanecer y aunque no estuvo tan luminoso como yo esperaba, lo vi bañado en una lluvia suave y tonos pastel.



Mazatlán nos recibió con mucho tráfico y allí comenzamos nuestra ruta hacia el sur. Cuatro horas después quedó trunca por una llanta destrozada.
Ángeles cotidianos en territorio mexicano
Hoy quiero también rendir homenaje a todas las personas amorosas que se han cruzado por nuestro camino durante las escasas dos semanas que hemos transitado por su territorio.
Frases que nos dan con una sonrisa en la calle, en el restaurante, en el mercado y que resaltan y conmueven porque hay muchos lugares donde ya no se usan:
—¡Buenos días!
—¡Buenas noches!
—¡Provecho!
Quiero agradecer de manera especial a todos quienes han preparado servido nuestras comidas, y han tenido la paciencia de explicarnos los ingredientes y los nombres que no conocemos: pozole, cochinita pibil, mulas, sopes, burrote, vampiros, etc.



Muchas veces prefiero estar en la cocina que en el comedor, porque allí puedo escuchar las historias y entender ese mundo nuevo y desconocido. Angélica no sólo me enseñó su técnica para las tortillas, sino que me abrió su corazón. Compartimos nuestras vidas, dolores y vivencias. Hasta nos reímos cuando le dije que quien me reveló lo que eran los chilaquiles había sido Cantinflas en una película que vi de niña. Con esto sellamos nuestra sincronía, ambas veníamos de la misma generación. Su madre le enseñó a hacer las tortillas cuando tenía ocho años y las ha continuado haciendo cada día de su vida.
El administrador del estacionamiento
En Cabo San Lucas buscamos un café mientras llegaba la hora de ir a nuestro apartamento. Estaba en un pequeño centro comercial donde casi todos los espacios tenían un aviso que decía el nombre del supermercado y abajo: “15 minutos o se lo lleva la grúa”. El tono era amenazador y empezamos a reversar para buscar otro lugar. De repente, un hombre mayor se acercó y nos explicó que él era el administrador del estacionamiento y que nos garantizaba que nada nos iba a pasar. Él dijo que llevaba trabajando allí mismo por más de veinte años y su trabajo consistía en cuidar y limpiar los carros. Con un trapo y un balde con agua, nos prometió lavar el Atlas hasta que quedara “más limpio que el día que lo compramos”. Y así lo hizo, hasta pudo retirar la colección de insectos que traíamos atrapados desde que salimos de La Florida.
Un ángel con alitas imperceptibles
Este hombre grande y fornido llegó en un momento crítico cuando una de las ruedas del Atlas se perforó en la autopista. Carecíamos por completo del conocimiento y la técnica para cambiarla.



Lo primero que hicimos fue desocupar completamente el equipaje y colocarlo sobre una explanada de piedras, después buscamos en YouTube las instrucciones para cambiar la rueda. Mientras Martín y Cárter se devanaban la cabeza con las herramientas, este hombre se nos apareció en el momento exacto. Estábamos en un paraje solitario y bajo un sol ardiente y se acercó y de inmediato ofreció su ayuda. Una vez dejó instalada la de repuesto, quiso negarse a recibir un justo pago por su trabajo, afortunadamente lo tomó en el momento justo en que se detuvo su autobús y desapareció dejándonos sorprendidos.
La familia de Tepic Autopro



Nos detuvimos en la población de Tepic para conseguir una nueva llanta para el Atlas. La búsqueda en Google nos llevó a un lugar llamado “Tepic Autopro” donde nos atendieron Juan Témoc, su esposa y su hermosa perrita “Tokio”. El trato que recibimos no fue de una venta regular, ellos nos recibieron como familia y nos facilitaron el espacio para descargar todo nuestro equipaje, una sala de espera con aire acondicionado y muchas historias para compartir. Al final de la tarde nos despedimos con un fuerte abrazo como si nos hubiéramos conocido de toda la vida.
Los amigos de cuatro patas
Hoy también quiero hacer una mención especial para todos aquellos peluditos que nos han sacado sonrisas a diario.

Después de vivir tantos años en Estados Unidos había olvidado la sensación de encontrarlos en la calle. Aquí en México, como en muchos países de Latinoamérica, los perros callejeros siguen siendo una realidad cotidiana, salen en pandilla y tienen la fortuna de tener amigos con quienes compartir sus juegos, travesuras y sobre todo su libertad. En el desierto los vi caminar tranquilos cerca de los pueblos, iban saltando y corriendo juntos, se detenían y tal vez discutían el paso a seguir, luego continuaban con sus orejas en alto y moviendo sus colas.

Ayer salimos en la noche a conocer el pueblo colonial de Tequila y una hermosa perrita se vino con nosotros. Cárter se enamoró de ella o tal vez fue amor recíproco a primera vista. Después de unos abrazos mutuos y unos cuantos lenguetazos, Cárter decidió entrar a una tienda a comprarle un jamón. Asumió que como estaba en la calle sus carantoñas y arrumacos eran por hambre. Pero ella se hizo la desentendida y no lo recibió. Siguió caminando muy oronda delante de nosotros, mirando hacia atrás de reojo para estar segura de que no hacíamos un giro inesperado y nos perdía de vista.
Ella no buscaba comida, solo quería acompañarnos y asegurarse de que estuviéramos a salvo en sus calles. Así nos despidió esa noche, recordándonos que en este país la hospitalidad también viene en cuatro patas.
Nuestra Ruta

Nuestro recorrido de 1,500 kilómetros desde Tijuana hasta la Paz y desde ahí el cruce de 12 horas hasta Mazatlán .
¡Ver que pasaron por un lugar llamado Requesón y ese caballo blanco con semejante luminosidad me hicieron la noche!
Yo pregunté la razón del nombre requesón y nadie lo sabe con seguridad. Es un lugar hermoso, pero la arena no es tan blanca como para ameritar el nombre. Además son muy pocas las vacas que viven en aquel desierto y si lograran dar un poco de leche, no alcanzaría para fabricar una onza de queso.
Me encantó estos problemas que tuviste, y las flores blancas del desierto que nota de paseo , disfruta bastante tqm
Gracias! que lindo mensaje. Yo también.
Que maravilla ese “ desierto tan verde y con tantas flores “ y las personas tan lindas que conocieron , el calor humano de los latinos es de verdad único, que chistoso los músicos cambiando la llanta del carro y el ángel de la guarda q se les apareció , el ferry que chevere, este recorrido estuvo muy colorido y alegre, hasta el papeleo , mira y menos basura en este pedazo ?
Si, tal vez si hay menos basura y se ve que en algunas ciudades y pueblos hacen esfuerzos, pero la gente todavía abre la ventana para botar sus deshechos como si al hacerlo ellos se desaparecieran.
Cada vez lo disfruto mas. Gracias
Gracias, por comentarios como el tuyo y de otras personas que me dejan sus mensajes, es que sigo escribiendo.
El viaje de la vida. Hermosos, también, los encuentros con otros animales camineros, Tokio el perrito llantero, el caballote esplendoroso, la perrita antiembutidos y, bueno, cada historia tan bien vivida y tan bien contada nos alegra. Que sigan el viaje tal largo y bello de la vida.
Gracias por tu comentario, me encanta verte por acá. Cada día al despertarnos es nuestro mantra: Es el mejor día de nuestra vida! Incluso los malos nos han hecho reír. Franquear cada uno de los inconvenientes también ha sido lo que nos da la fortaleza.