Mi taza de té

junio 16, 2025 Diario de viaje

Estoy en las montañas Apalaches, en una cabaña en medio del bosque, cerca de la ciudad de Asheville, en Carolina del Norte. Hoy quise explorar la ciudad y entré a una casa de té, decorada con grabados, tallas de madera y delicadas tazas de porcelana. No pude evitar pensar en mi abuela Sofía y en nuestras tardes juntas en la finca, en una cocina de leña tan distinta a este lugar, pero donde aprendí que una taza de té también podía ser un refugio.

Cocinando con mi abuela

Cuando tenía unos cinco o seis años, me encantaba preparar el té con mi abuela. Primero hacíamos la mermelada: íbamos a la huerta a buscar las moras más grandes y oscuras, poniendo mucho cuidado de no pincharnos con las espinas. Después las lavábamos y las colocábamos en una olla, las aplastábamos con un tenedor, agregábamos el azúcar y revolvíamos despacito con una cuchara de madera. Sabíamos que estaba lista cuando pasábamos la cuchara por el centro de la olla y se abría un caminito que tardaba en cerrarse.

Entrábamos a la oscura cocina de leña, donde me sentaba en una mesa de madera rústica mientras ella calentaba el agua en una destartalada parrilla eléctrica. La cocina era muy grande, con techos altísimos; a un lado tenía dos parrillas con unos agujeros laterales por donde se introducía la leña. En el fondo había una poceta grande de granito con una canilla de hierro, y al otro lado estaba la parrilla eléctrica y un mesón de baldosas blancas.

A través de unas pequeñas ventanas, localizadas cerca del techo, se filtraba una pálida luz. Las paredes, pintadas con cal tinturada de amarillo mostaza, se encontraban descascaradas por la humedad y el humo de muchos años. Mientras el agua hervía, yo colocaba una bolita de mantequilla fría entre dos paletas de madera con estrías, y mi abuela, con mucha destreza, la transformaba en pequeños caracoles amarillos y brillantes. Luego, con cuidado, yo los pasaba a un recipiente con agua y hielo para que se endurecieran y conservaran su forma.

Las tostadas de mi abuelo

Mi abuela vertía el agua humeante en la tetera de porcelana blanca, decorada con hojitas verdes de hiedra y la llevábamos hasta el comedor, que se encontraba al otro lado de la casa. Yo era la única nieta, así que era la encargada de poner la mesa: las servilletas y los tenedores a la izquierda, los cuchillos a la derecha y las cucharitas arriba del plato. La vajilla también tenía el mismo diseño de la tetera, y yo colocaba los platos y las tazas con cuidado de no romperlas.

Después mi abuela llamaba a la mesa tocando una campanita de cobre y, cuando estábamos todos sentados, traía lo que más me gustaba: una torta de dulce de banano con una cubierta cremosa y acaramelada, decorada con rodajitas de banano. Mi abuelo era quien tostaba el pan en su tostadora eléctrica, en la que las tostadas saltaban cuando estaban listas. Todos los nietos, por orden de edad, esperábamos ansiosos el turno de recibirlas. Yo era de las menores, así que me tocaba al final: la llevaba en mi plato, me sentaba aspirando el aroma del pan caliente y le colocaba un pequeño caracol de mantequilla que se derretía de inmediato; le esparcía por encima la mermelada de mora, dulce y ácida a la vez y la mordía despacito, para que no se terminara nunca.

Hoy, sentada en esta casa de té de Asheville, vuelvo a sostener entre mis manos la misma taza imaginaria de mi infancia. Cada sorbo me recuerda que, aunque la cocina de mi abuela ya no existe, su ternura todavía la llevo dentro de mí, como este té caliente entre mis manos que me abriga en silencio.

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