La realidad de la carretera: encontrando la magia en una forma inesperada

julio 18, 2026 Bitácora de una Fotógrafa, Diario de viaje, Ruta Panamericana

Esta semana ha terminado de una forma inesperada porque en lugar de estar acampando en un hermoso bosque a la orilla de un lago, estamos encerrados en un apartamento en el área metropolitana de Toronto.

Hay algo raro en el ambiente

El miércoles me desperté estornudando y cuando abrí los ojos vi como los primeros rayos del sol se filtraban a través de la delgada tela de la carpa.

Con el primer estornudo Martín medio dormido me dijo “salud”. Luego vino otro y otro más, y mientras los fui contando mentalmente: dinero y amor… pero ya no supe qué decir para el cuarto y los siguientes cinco más. Todavía las plantas están florecidas, debe ser el polen, pensé…

Recogimos el campamento empezamos a manejar y no más de diez minutos después, vimos una humareda sobre los cultivos cercanos a la carretera. En un principio no prestamos mucha atención y asumimos que sería algo puntual. Pero a medida que avanzábamos esa nube blanca y espesa nos fue envolviendo. ¿Será neblina? —Me pregunté— pero tenía un brillo muy extraño, era como si la luz de sol no viniera de un solo punto, sino que se incrementaba a través de un difusor.

Después de dos horas nos detuvimos en un café y al conectarnos a la red y buscar información, lo que encontramos nos sorprendió. La calidad del aire presentaba niveles de contaminación atmosférica extrema. Casi doscientos incendios forestales se habían reportado al norte de la provincia de Ontario y esa nube tóxica se había esparcido hacía el sur cubriendo una gran área de Canadá y el norte de Estados Unidos. En un principio buscamos opciones para seguir nuestro viaje utilizando rutas diferentes, pero estábamos en el centro de la nube y ésta se extendía por cientos de kilómetros a la redonda. Era imposible escapar de ella y tuvimos que cancelar nuestros planes de camping.

Buscamos un lugar donde pudiéramos estar resguardados bajo techo y con aire acondicionado para filtrar las diminutas partículas de ceniza, polvo y hollín. Desde este hogar temporal les escribo hoy.

El corazón de nuestro viaje

Viajar hacia la Patagonia en carpa y a bordo de nuestra camioneta Atlas suena muy idílico, pero la realidad de la carretera es otra y nos encanta que no sea perfecta. Para empezar, llevamos dentro del auto una pintura que empecé en la Florida antes de salir. Mide un metro por setenta centímetros, llena de frailejones y orquídeas, y avanza lento porque acampando es imposible sacar los pinceles y las acuarelas. Se ha convertido en nuestro pasajero más incómodo: estorba muchísimo y tenemos que subirla y bajarla cada vez que armamos campamento.

Aún está en sus trazos iniciales, pero ver esas siluetas andinas flotando dentro del Atlas mientras cruzamos los bosques de pinos de Canadá tiene algo mágico. Es nuestro cable a tierra y el recordatorio constante del destino final de esta brújula: la Patagonia. Llevar arte en la carretera no es fácil —exige cuidar cada centímetro de espacio y proteger el papel de la humedad del norte—, pero es lo que le da alma a este viaje. El arte y la música de Martín no solo me acompañan, son el motor de la ruta.

Si no puedes caminar, tal vez puedas nadar

Pero las aventuras de esta semana habían empezado cuando dejamos atrás el Parque Nacional de la Gaspésie y empezamos a ir al Oeste por una carretera que iba bordeando el río San Lorenzo. Me era difícil creer que no estaba frente al mar. Sus aguas azules, golpeaban las costas con un fuerte oleaje y el horizonte era tan lejano que no podía ver la otra orilla. Al caer la tarde encontramos un parque donde anunciaban la presencia de una colonia de focas. A la entrada el guardaparque nos advirtió que no podían garantizarnos su presencia y que debíamos permanecer a más de 150 metros de distancia.

Empecé a caminar bajo un cielo plomizo que soplaba sobre las altas copas de los árboles. Para llegar a la playa tuve que descolgarme por un sendero infame aferrado a la pared del acantilado. El camino aprovechaba una vieja estructura de concreto que el tiempo ya había resquebrajado y donde una serie de escalones artesanales hechos con palos y un tubo metálico servía de pasamanos. Un último recurso para impulsarse o detener una caída al vacío.

Mientras bajaba en zigzag intentando evitar la presión sobre las rodillas, sentía cómo mis dedos chocaban dolorosamente contra la punta de los zapatos. Me crucé con tres personas mucho más jóvenes que yo que subían casi a gatas y resoplando por el esfuerzo. Al verlos se me congeló la sangre al pensar que tal vez a mis sesenta y ocho años no tendría las fuerzas para volver a subir. Pero la terquedad es un motor potente, y estaba dispuesta a llegar a esa orilla, aunque tuviera que regresar arrastrándome.

Al final, abajo me esperaba una playa inmensa, un desierto de arena gris protegido por la inmensa muralla de piedra que acababa de descender. La orilla estaba salpicada por cientos de rocas oscuras que a contraluz mostraban un paisaje desértico. Pero al dirigir el teleobjetivo de mi cámara hacia las sombras más lejanas, descubrí que no todo aquello eran piedras. Allí estaban las focas descansando y estirándose con la lentitud que les permitía su enorme cuerpo, ignorando la tormenta y disfrutando de los últimos rayos de sol.

Quebec: Callejones de piedra y ecos de resistencia

Llegamos en la noche a la hermosa ciudad de Quebec. Al día siguiente fuimos a hacer un recorrido nostálgico entre sus callejones de piedra y sus castillos. Siempre siento esa dualidad al recorrerla, porque no es en realidad una villa medieval europea sino el reflejo de un pasado colonial. Bajo ese escenario de postal pude sentir como se escondían siglos de guerras y acuerdos entre los gobiernos y sus habitantes. La lucha para preservar su idioma y tradiciones francesas se sentía a cada paso, en los grafitis y en la negativa a usar el inglés, incluso borrándolo con pintura de las señales de tránsito.

Ese fue el primer día que sentí el calor fuerte del verano. Las calles estaban atestadas de gente y llegué jadeando a la camioneta que más parecía un horno cuando abrimos sus puertas.

Después de almorzar manejamos por tres horas hasta llegar a Montreal donde buscamos un apartamento para pasar un par de noches en las que iba a llover, pero en especial para poder lavar nuestra ropa. El viaje siempre nos compensa las penas con risas. El primer apartamento lo reservamos basándonos en unas fotos preciosas, en especial una que mostraba una lavadora y secadora. Así que lo primero que bajamos fueron nuestras bolsas de ropa y el detergente, ya era noche cerrada y tuvimos que caminar tres cuadras largas y al llegar al edificio lo encontramos en construcción. Tuvimos que entrar saltando escombros y caminando por una rampa de madera. Subimos tres pisos porque el ascensor no funcionaba, abrimos la puerta y lo primero que notamos fue que el espacio de la lavandería estaba vacío y tenía las conexiones eléctricas y de agua a la vista.

Estaba tan cansada y frustrada que decidí darme un baño de agua caliente, pero ¡oh sorpresa! no había jabón, y la única toalla era una diminuta para secarse las manos. Sabía que teníamos todo lo necesario en la camioneta, pero era casi media noche y ninguno de los dos se sintió con ánimos de volver a salir.

El arte de comer con un solo tenedor (and other realities of the road)

Descansamos en la mañana y nos mudamos al segundo apartamento donde finalmente pudimos lavar la ropa. En la tarde hicimos una parada estratégica en la tienda de descuento “el Dolarama” para solucionar nuestra precaria logística de supervivencia.

Durante las casi cuatro semanas de viaje nos habíamos acomodado a compartir un único juego de cubiertos. Yo estaba segura de que teníamos dos, pero ya era hora de enfrentar la realidad: el otro no iba a aparecer. Cuando Martín comía con tenedor, yo lo hacía con la cuchara y viceversa. Esa fue nuestra primera compra: un juego completo con cuatro cuchillos, cuatro tenedores y cuatro cucharas. ¡Viviríamos en la abundancia!

Además, salimos triunfantes con el botín del año: un balde plegable para cargar la loza sucia en el camping, dos platos planos (adiós a comer todo en plato hondo), una bandeja para las especias porque siempre andaban extraviadas en la caja de la cocina, y por último dos almohadas de verdad —las inflables son tan lisas que rodaban por toda la carpa dejándonos la cabeza en el piso—. Martín, con su sabiduría de copiloto, insistió en que no saliéramos sin unas luces cálidas para decorar la carpa y un rollo de cinta plateada, porque según él, nadie puede recorrer el continente sin ella.

Con ropa limpia y la dignidad de comer con los cubiertos y platos adecuados, continuamos el viaje listos para enfrentar nuevamente el camino.

Las dos caras de Montreal

Lo que más me gustó de Montreal fue la arquitectura de sus barrios tradicionales. Las casas que tal vez habían sido viviendas unifamiliares y las dividieron construyendo unas escaleras metálicas en caracol que permitían la entrada directa a los pisos superiores desde la calle. Lo que en su momento fue una solución funcional, acabó dándole a la ciudad su toque único.

Esas curvas de metal, expuestas a la intemperie, rompen con la rigidez de la piedra y el ladrillo. Las paredes pintadas de colores encendidos con enredaderas que trepan sobre la fachada y las flores que cuelgan de los balcones reflejan la peculiaridad de quienes los habitan. Me encantaron esos balcones que invitaban a expresar la individualidad. No pude evitar pensar en Hundertwasser, un arquitecto austríaco que siempre me ha fascinado, y sentí que, tal como él quería, la gente de Montreal se apoderó por completo de sus fachadas. En sus palabras, una casa no debe servir para aislarse del mundo sino para abrirse a él: las casas no deben ser paredes sino ventanas.

Hay una dualidad asombrosa en esta ciudad. Arriba, el metal y las plantas se apoderan de las fachadas. Abajo, resguardada del frío extremo, respira otra Montreal. Me sorprendió caminar en la ciudad subterránea: un universo de túneles y luz artificial donde la gente se refugia y camina tranquila mientras los largos meses de invierno congelan las calles de la superficie.

Una noche mágica (y un vecino inesperado) a orillas del Charleston Lake

Después de preparar nuestra cena en la fogata limpiamos y recogimos todo rastro de comida para evitar atraer la fauna del bosque. Sobre la mesa solo quedaba una bolsa con los fósforos y un encendedor. De pronto, Martín me dice:

—¡Mami, mira quién está aquí!

Había un mapache en el piso. Yo lo miré, él me miró a los ojos y, en lugar de irse corriendo, se subió a la mesa y me sostenía la mirada desafiante. Estábamos muy cerca y con tranquilidad agarró la bolsa.

—¡No, no puedes llevártela! —le grité. Y como si hubiera entendido el límite de nuestro trato, la soltó y regresó al bosque con total tranquilidad. Pero nos hizo reír. Estábamos seguros de ese pequeño vecino sabía que la bolsa no contenía comida y tal vez lo hizo por curioso.

Hicimos un rato de tertulia frente al fuego cuando una luciérnaga brillo a nuestro lado. Miré el bosque y vi muchas otras parpadeando entre los árboles. Sentí una emoción indescriptible. Ellas estaban en mi lista de deseos para el 2026 y había estada buscando dónde podía encontrarlas, pero por absurdo que suene, en el Este de los Estados Unidos hay que inscribirse y participar en una lotería para poder entrar a los parques en los que todavía no se han extinguido para verlas durante una o dos semanas. (Congaree National Park en South Carolina y Great Smoky Mountains National Park en Tennessee) Nunca clasifiqué para ese privilegio, pero allí las teníamos frente a nuestros ojos.       

Las miramos fascinados durante un buen rato y caminamos en la oscuridad hasta la orilla del lago el crepúsculo todavía mostraba sus colores intensos. Pero los mejores momentos empezaron a brillar las primeras estrellas que se reflejaban en las oscuras aguas del lago donde seguían parpadeando las luciérnagas. Estuvimos allí con nuestras cámaras dirigidas al cielo tratando de captar esa belleza inmensa tan difícil de ver en nuestra ciudades llenas de luces artificiales.

Entre el humo que nos obligó a recalcular la ruta, los pequeños lujos de estrenar tenedores y los encuentros inesperados en el bosque, la carretera nos sigue demostrando que su belleza está en lo impredecible. Hoy escribimos desde el refugio de Toronto, pero la brújula sigue intacta. Gracias por acompañarnos una semana más en este viaje hacia el sur.

Comentarios

16 respuestas a “La realidad de la carretera: encontrando la magia en una forma inesperada”

  1. Gracias por llevarnos en tu viaje!!! A través de tu crónica, podemos ver, oler, sentír, disfrutar cada detalle, cada lugar, cada flor o ser, como si fuéramos tus copilotos!! Abrzos

  2. Que maravilla de textos concretos y hermosos te cuento que las luciérnagas van a desaparecer porque se unen y reproducen en la oscuridad y eso ya no existe en las ciudades

  3. Todo sorpresas y excelntes momentos, que delicia,sigan disfrutando y enviando relatos maravillosos para quienes les seguimos. Un abrazo

  4. Una intensa travesía iluminada por luciérnagas y estrellas. Deseos cumplidos y momentos inesperados que dan sentido y mas luz a tu camino.

  5. Wow que fotos y vídeos tan espectaculares , que experiencia tan linda las luciérnagas y la vicita del mapache y te imaginé en la bajada a la
    Playa , eres una dura llegar hasta allá y que regalo ver esa fauna tan linda, que lindo Que bec, y me reí mucho con lo de la
    Comida , increíble que en medio de todo esto tengas tiempo y cabeza para pintar, admiración. Total y fascinada con este viaje, no veo la
    Hora de seguir , gracias por llevarnos

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