La partida
La partida fue difícil y temía ese momento. Llevaba semanas sintiendo e imaginando esos instantes. Lo que quería llevar y lo que dejaría para siempre. Había viajado sola por años, tomando todas las decisiones, esta vez, estaría no solo compartiendo un espacio físico, sino que, mis determinaciones también afectarían a mi equipo.

A pesar de que me gusta improvisar y no me apego a un itinerario fijo, este viaje en especial me ha obligado a organizar y prever cualquier contingencia. Desde cómo combatir las moscas negras que aparecen en el verano en el norte, hasta cómo empacar y aislar la comida y los implementos de aseo y cuidado personal para que no atraigan los osos. Todo debe ir organizado de forma que pueda encontrarlo con facilidad sin tener que estar abriendo cajas, mochilas y bolsas.
El insomnio
Las noches anteriores a mi partida no podía dormir, y por mi cabeza pasaban las listas de lo que no había hecho:
- Comprar llantas nuevas
- Una caja con los implementos mínimos de cocina
- Comida seca e imperecedera, especias,
- Ropa de verano, con protección para el sol, mascaras y esnórquel para Centro América
- Ropa para invierno, chaquetas, gorros, guantes, bufandas, capas térmicas, botas, crampones para caminar en el hielo y los bastones para la montaña.
- Cámaras, trípodes, baterías, cargadores y almacenamiento para los archivos.
- Acuarelas originales e impresiones para vender en el camino.
- La viola, el atril y las partituras
- Primeros auxilios y artículos de aseo.
- Protección contra los osos y las moscas negras.
A medida que la lista crecía, yo menos podía dormir. Trataba de imaginar si iba a tener espacio suficiente en el carro, pero era imposible de calcular. Entonces desempacaba otra vez cada bolsa y cada caja, agrandando así, la bolsa de las donaciones, y las empacaba de nuevo.
El adiós

Durante la última semana nos reunimos en familia a cocinar arepas, sopas y una bandeja paisa que guardaba el sabor de la familia y la finca y los abuelos en Colombia. Hicimos el último brindis soñando con un día, tal vez lejano, en que pudiéramos reunirnos otra vez. Después vinieron las despedidas y los abrazos apretados de mis hijas, de mis yernos, de los niños que no entienden y preguntan por qué me voy y por cuánto tiempo. Y antes de partir, los besos húmedos de Maple, la perrita, quien tampoco quería quedarse sin participar de tanta conmoción.
No tuve tiempo de procesar las despedidas y me las llevo guardadas en algún lugar del pecho para irlas procesando con el tiempo.
Me había imaginado partiendo como en una película — una despedida ordenada, quizás incluso hermosa—con la certeza de quien sabía exactamente lo que está haciendo. Pero ya de madrugada y mientras Martin y yo recorríamos la autopista hacia la estación, revisamos el pasaje del auto-tren: la camioneta que creíamos lista, con la caja Thule bien asegurada en el techo, no la permitían dentro del tren.
La caja no va

Nos detuvimos en un parqueadero de un almacén de repuestos y nos tocó desocupar lo que con tanto cuidado habíamos organizado como un tetris: carpas, cables, bolsas, equipo fotográfico, y la caja Thule que ahora tenía que caber dentro de la camioneta. Allí estábamos Martín y yo, en el calor de Florida, con todo tirado en el pavimento.
¡Si cupo! Quedó a ras con apenas y volvimos a empacar todo de nuevo, con el sol a plomo y el sudor cayéndonos en los ojos.
¡Aquí vamos otra vez!

Pero antes de poder irnos, había que votar. Nos detuvimos en el consulado de Colombia, porque uno no se pierde una elección, así esté en medio de la partida más caótica de su vida. En ese momento descubrimos que, en la mochila, dentro de la caja, estaba mi cédula para poder votar. Nos tocó desocupar todo de nuevo, con el sol a plomo, volver a armar el tetris y hacer la fila interminable dentro del consulado.
En el tren


Llegamos a la estación con el tiempo exacto para registrarnos y ver al Atlas desapareciendo en el túnel de embarque donde viajaría seguro en su vagón.

Me quedé mirando por la ventana cómo Florida se iba quedando atrás. No sentía nada. Estaba demasiado aturdida para pensar. El tren se movía y yo dejaba que me llevara.
Gloria Consuelo Sierra Velásquez Dios es grande y poderoso, usted es valiente, decidida,cuídese mucho y Dios la bendiga
Gracias!!
Vicky y Martin les deseo un feliz y espectacular viaje. Dios los proteja en ese viaje inolvidable. Los seguiré para saber todas sus aventuras.
Gracias, que lindo verte por acá! Bienvenida.
Me hiciste reir, llorar y soñar. Que dicha de aventura, siempre he soñado con un viaje asi. Felicitaciones y muy feliz viaje! Seguiré es´perando tus historias de vida que me encantan, me transportan con todas tus descripciones. Gracias
Gracias Lina!
Que mensaje tan lindo! Vendrás con nosotros. Un abrazo.
Felicitaciones por la valentía de emprender un viaje nuevo con emociones diferentes y aventuras insospechadas. Buen viaje de la mano de Dios.
Gracias por tu apoyo, un abrazo.
Para adelante con esa nueva aventura eres una guerrera
Gracias Giovani!
Buen viaje!!! Siempre es así, pero lo que se quedó se quedó, sobrevivirán sin eso y a disfrutar!!
Me encanta! Así es y creo que en el camino también iremos donando cosas que creíamos indispensables y que no resultaron tan importantes.
hola Victoria, ME CONMOVISTE CON TU RELATO. Eres maravillosa. Para ti y Martín lo mejor en esta aventura de vida que los llenara de experiencias y alegrías que esperamos nos las sigan compartiendo. Un abrazo
Que hermoso mensaje, también me conmoviste. Un abrazo.