La noche de las silletas, narrado por la abuela

agosto 2, 2025 Diario de viaje, Los lugares más hermosos de Colombia

La noche de las silletas, Las manos que arman la silleta

Yo nací silletera y me casé con uno. Y cada año, cuando empieza agosto, me tiemblan las manos de emoción. Este oficio no se aprende con libros ni en la escuela. Se aprende con los dedos metidos en la tierra y el corazón ardiendo de flores.

Desde que Matías era pequeño, yo lo veía caminar entre las matas y tocarlas como si sus manitas fueran mariposas. Yo sabía que algún día le iba a llegar su turno. Hoy lo vi levantarse antes del amanecer, con los ojos llenos de sueños, y pensé en su papá, en sus abuelos, en todos los hombres y mujeres de esta familia que han cargado una silleta con orgullo por las calles de Medellín.

Mientras armo las arepas, tengo el tocino reposando en bicarbonato para hacer los chicharrones y revuelvo los frisoles con una cuchara de palo.

Los vi venir por el caminito, empapados hasta los huesos, con las botas embarradas y las canastas llenas de flores, pino y eucalipto y se me apretó el pecho. Matías traía la camisa pegada al cuerpo por la lluvia, pero los ojos le brillaban como si llevara un tesoro. El abuelo venía detrás, con paso lento, cuidando que no se maltratara ninguna flor.

—¿Abuela, ya vino mi papá?— Preguntó Matías.

—No mijo— contestó la abuela. Él sigue en la carpintería construyendo la estructura de las silletas y tu mamá está tejiendo las cinchas de cabuya para los hombros y la cabeza.

Colocaron la carreta con las flores en el centro del patio y el aroma que entró con ellos me hizo sonreír. Aspiré y me dejé envolver por una mezcla del follaje y girasoles, crisantemos, heliconias, orquídeas y azucenas recién cortadas.

—Dejámelas aquí, mijo —le dije a Matías señalando las mesas que habíamos cubierto con manteles de plástico—. Voy a separarlas por color y tamaño, y a escoger las que estén más abiertas.

—Si vieras mijito cómo se despiertan los colores cuando se juntan bien.

—Abuela —me dijo Matías mientras me alcanzaba otra canasta—, ¿vos siempre supiste hacer esto?

—No, mijo —le respondí mientras tomaba una flor de anturio con cuidado—. Esto no se aprende en libros. Se aprende mirando. Vi a mi mamá hacerlo, y a mi abuela también. Una le va cogiendo el ritmo a la flor, como quien aprende a bailar escuchando la música desde lejos. Después, cuando llega tu turno, ya las manos saben qué hacer.

Él se me quedó mirando un rato, y luego empezó a ayudarme. Tiene buenas manos ese muchacho, suaves y firmes. Como las de mi mamá, que en paz descanse.

Mientras trabajábamos, afuera la lluvia amainó y el canto de los cucaracheros y los mayos volvió a escucharse. Las silletas ya iban tomando forma. El olor de las flores llenaba la cocina entera y yo me sentía feliz, a pesar del cansancio.

¿Qué es armar un silleta?

Porque armar una silleta no es solo juntar flores. Es contar la historia de una familia, de una tierra. Es ponerles el alma a los recuerdos. Las siemprevivas no se dejan tocar mucho porque se quiebran como si tuvieran huesitos. Y las margaritas… ay, las margaritas hay que hablarles suavecito para que no se espanten.

Matías me llama desde el solar:

—¡Abuela! ¿Dónde pongo los cartuchos?

—En el balde grande, mijo, pero acuérdese de ponerlos con cuidado para que no se maltraten.

Él no lo sabe, pero lo estoy mirando todo el tiempo. Veo cómo las agarra, cómo las acomoda, cómo les habla… Tiene las manos que saben leer el lenguaje secreto de las flores.

A media mañana llegan doña Eulalia y Rosalba, las vecinas, con sus delantales llenos de pinzas, tijeras y cordeles de cabuya. En la cocina ya huele a arepa asada y cilantro y ají recién cortados. Es día de trabajo, pero también de charla, de risas, de recuerdos. La mesa de madera se cubre con flores de todos los colores y los baldes están alineados esperando una orden.

Ahora ya podemos empezar

Por fin llegaron las silletas y ahora ya podemos empezar a ensamblar. Pero primero servimos el almuerzo esperándolos a todos. Tenemos la favorita, la bandeja paisa: frisoles con garra de cerdo, arroz, carne en polvo, chorizos, morcilla, chicharrón, patacones, tajadas de plátano maduro frito, aguacate y arepas.

—¡Que nadie se quede con hambre! —les grito conteniendo mi emoción.

Después de comer viene la sobremesa, el bocadillo de guayaba con queso, el café y las aromáticas de cedrón y yerbabuena.

Eulalia y Rosalba recogen los platos, organizan las mesas y acomodan las dos silletas. La del padre y la del hijo, ya el abuelo no desfila:

—¡Yo quiero una, yo quiero ir al desfile! — protesta Sara al borde del llanto.

La abrazo y le digo que irá al desfile, pero todavía no con una silleta.

—El próximo año también iras tú— le digo para consolarla.

Yo les enseño cómo hacer la base: primero las ramas gruesas, después las de relleno, y al final las flores de ornamento. No es solo cuestión de belleza. La flor tiene que estar fuerte, con buen tallo y sin manchas. Las manos se me van solas. Primero ubico las grandes, las que dan estructura: gladiolos, cartuchos, girasoles y heliconias. Luego empiezo a encajar las pequeñas, esas que rellenan y dan vida: claveles, astromelias, siemprevivas y margaritas. Es como bordar con flores. A cada una le hablo en voz baja, como quien acomoda a un niño dormido. Cada silleta es una historia que se cuenta sin palabras, pero que todo el mundo entiende cuando pasa.

Matías ensaya. Le tiembla el pulso. Se equivoca. Se ríe. Rehace. Vuelve a empezar. Así fue también conmigo. Así hemos sido todos. La primera silleta no se olvida nunca.

Ya casi al final de la tarde, cuando el sol apenas se cuela entre las nubes, él levanta la suya por primera vez. La flor central es una dalia roja, como las que plantaba su bisabuela. Y a un lado, entre crisantemos blancos, puso un girasol que él mismo cultivó.

Yo lo miro sin decir nada. Solo pienso que estas manos, las que hoy cargan flores, también están sosteniendo un legado.

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio esta protegido por reCAPTCHA y laPolítica de privacidady losTérminos del servicio de Googlese aplican.

“¿Te gustó esta historia? Recíbela directamente en tu correo.