Entre oasis, bosques y galaxias perdidas
Esta semana la dedicamos a explorar el sur de California, sus oasis, bosques y galaxias perdidas y no podría decir cuál de estos lugares me gustó más.

Un río en la inmensidad del desierto
Encontrar un río que corre en el desierto es como encontrar una aguja en un pajar, pero desde la autopista vi una cascada diminuta en medio de un amplio cañón de piedra y me pregunté por qué ese hilo de agua corría en medio de un cauce descomunal. Tal vez recibía el agua del deshielo en la primavera y de las crecientes esporádicas producidas por lluvias lejanas, incluso a cientos de kilómetros de distancia.




Después de tantos días de solo ver hierbas secas, arbustos espinosos y cactus, encontré árboles verdes y frondosos y unas plantas cuyas hojas blancas me hicieron detenerme en medio camino y saltar intrigada con mi cámara. Parecían hechas de papel, pero al tacto estaban frescas y cubiertas por pelitos diminutos.


Al atardecer el sol fue trazando con su luz dorada como si usara un pincel sobre las cimas más altas, y cuando desapareció, fue en ese momento de quietud cuando Martín y yo nos sentamos en la orilla a escuchar la música de la corriente y las aves, y a mirar la danza del viento con las nubes que cambiaban de formas y colores al fondo del cañón.






Al caer la noche, los murciélagos se sumaron a la inusual coreografía con sus vertiginosos vuelos sobre el agua. Al oscurecer por completo regresamos en silencio todavía sumergidos en la magia y sin podernos desprender de las emociones que vivimos.

Una meseta: entre la belleza y el dolor
Crecí en los Andes tropicales de Colombia donde las montañas se visten de bosques espesos y los árboles se arropan con musgos, lianas y orquídeas. En sus laderas crecen helechos gigantes y palmas tan altas que se pierden entre las nubes.
Nunca imaginé las montañas desnudas, desprovistas del abrigo que dejaba sus entrañas cubiertas de piedras rugosas y vacías. Subimos cien, doscientos, quinientos, mil, mil quinientos metros y de repente el paisaje cambió. Las cuestas se suavizaron y se llenaron de hierbas, espigas, árboles enanos y flores. Después aparecieron unas coníferas bajas en tonos cobrizos y rojizos.






Una gran meseta se abrió y sus contornos se extendieron hasta el lago Hemet. A pesar de la sorpresa de encontrar un hermoso lago en esa altitud, al acercarme vi que sus aguas eran verde esmeralda.


Fue difícil compaginar la belleza y el dolor. El aumento desmesurado de la temperatura durante los últimos años ha permitido el crecimiento de algas que han dejado sus aguas envenenadas y sin oxígeno. Los peces y otras criaturas acuáticas han ido muriendo y ahora son un peligro, no solo para los humanos, sino también para todos aquellos animales que dependían de aquel lago para vivir.
Salí de allí con una tristeza profunda y preguntándome cuántos lugares más encontraría destruidos durante este extenso viaje hacia la Patagonia.
Susurros en el tobogán del diablo
Continué el camino hasta llegar a unos bosques entre los 2,000 y los 3,000 metros de altitud con unos pinos enormes y las encinas cargadas de bellotas. Ese día caminé sola en un sendero llamado el Tobogán del Diablo (Devil’s Slide Trail) y aunque mi meta no era hacer sola ese largo y empinado sendero, me fui explorando el bosque y dejándome envolver por la magia del lugar.

Los pinos Jeffrey tienen cortezas muy gruesas y aromáticas. Me acerqué a acariciar su superficie rugosa, esa armadura que, al igual que la de muchas otras coníferas, los protege de los incendios. Aunque encontré muchos troncos carbonizados, el bosque estaba muy bien conservado y se había preservado de los incendios recurrentes.


Entre la hojarasca descubrí sus piñas, son enormes, más grandes que las de cualquier otra especie de pinos, ¡incluso algunas eran del tamaño de mi antebrazo! Agradecí que aquella ardilla que nos había bombardeado unas semanas antes con una docena de piñas a la hora del desayuno no hubiera encontrado unas de este tamaño y peso.

Seguí caminando y me agaché a fotografiar las piñas de cerca. Me sorprendí al ver que no todas eran del mismo color. La gran mayoría eran cafés, como cualquier otra piña de pino, pero encontré otras de un tono amarillo muy claro y con púas blancas. Cuando las vi desde lejos pensé que eran semejantes a los armadillos.



Después escuché a los carpinteros belloteros taladrando los “árboles graneros” donde hacen cientos de agujeros para almacenar las bellotas para el invierno. También vi aves pequeñas cantando y saltando entre las ramas.


Al regreso, estuve pensando en que los pinos Jeffrey son árboles bastante grandes. El tamaño de sus semillas no guarda relación si se las compara con las del más grande de las coníferas, la secuoya, cuyas piñas son del tamaño de una de mis uñas.
Una noche en el Parque Nacional Joshua Tree
Durante nuestra estadía en los desiertos de California, seguimos con la costumbre de vivir como las criaturas del desierto: resguardándonos en el día y saliendo en las noches. El parque de Joshua Tree estaba a una hora y media de distancia, y aunque sabíamos que tendríamos que manejar tres horas en la oscuridad, el esfuerzo mereció la pena.
Tomamos la autopista 10 hacia el oriente y las luces del Atlas iban alumbrando la franja oscura de la carretera que zigzagueaba entre dunas y cactus, un camino donde continuamente cruzaban a gran velocidad unos ratoncitos. Me parecía que en lugar de patas tenían ruedas o flotaban sobre el asfalto. Algunas veces se paraban como hipnotizados mirando la luz y fui esquivándolos con cuidado.
Al ir conduciendo sentí que estaba frente a la pantalla gigante de un cine IMAX porque era irreal la sensación de moverme con lentitud en ese mundo desconocido. Los murciélagos cazaban bichos al vuelo y un zorrito de cola larga y orejas muy grandes cruzó con lentitud el camino. Más adelante encontramos una familia de coyotes: los padres y dos pequeños se escabulleron apenas los rozó la luz de las farolas.
Escogimos la zona de la Roca de la Calavera y saqué mi brújula para ubicarme. La Vía Láctea debía estar en el suroeste, justamente donde había un cúmulo de nubes bajas cubriendo el horizonte. Por unos instantes me sentí un poco decepcionada, porque era allí justamente donde estaría la Vía Láctea, pero la sensación no duró más de unos segundos porque la belleza del lugar era estremecedora.

Martín y Carter salieron a caminar a su gusto entre las rocas mientras yo tomaba mi cámara y exploraba el paisaje. Al mirar encima de mi cabeza vi que no cabía una estrella más y me emocioné hasta las lágrimas. El momento era perfecto, el silencio del desierto era total. Es difícil imaginar la sensación de no oír nada, ni autos ni música ni voces, y creo que esa ausencia incrementó mis otros sentidos. Percibí la brisa fresca en mi piel después de soportar el calor intenso del día. A pesar de que la oscuridad era absoluta y no había luna ni contaminación lumínica de pueblos o ciudades, alcanzaba a percibir las siluetas más oscuras de las rocas más cercanas.

Empecé a experimentar con mi cámara tratando de ubicar las zonas despejadas y de repente, en una de mis imágenes, apareció un punto brillante inesperado. Me acerqué y no podía creerlo, era Andrómeda, una galaxia a unos 2,5 millones de años luz que apareció en mi pantalla casi por accidente.


Después usé mi linterna de la cabeza para enfocar las rocas cercanas e incluirlas en mis fotografías.
Cada dia mejor Vicky, que espectaculo esta experiencia. Gracias y un abrazo apar ti y tus acompañantes
Gracias, así es. Cada dia que pasa encontramos mil cosas nuevas y fascinantes y personas que nos narran sus vidas y sus sueños.
Que narraciones tan amorosas e interesantes ver atrás vez de tus ojos muy agradecido
Que lindo mensaje Reynaldo! Que emocionante que así sea.
Qué viajes! Me siento sin prisa y toda mi atención, para leer tu nueva narrativa y ver esas fotos espectaculares. Un viaje donde tus ojos y sensibilidad me llevan- estoy ahí! Me das todo lo sensorial necesario para transportarme absolutamente. Un regalazo! Gracias hasta Andromeda! 🌟👏🤩🥰
Ay Mary Jo, que belleza de comentario, de verdad que encontrarte en esta virtualidad y que camines conmigo ha sido un regalo.
Gracias por mostrarnos y enseñarnos tanta belleza de la naturaleza , que maravilla ver la
vía Láctea y Andromeda, muy triste y preocupante lo del lago, que también se debe mostrar. Abrazos y esperando ya la próxima entrega de esta aventura tan fascinante
Gracias Claudia,
A veces siento que me duele mostrar algunas cosas, pero en este momento nuestro planeta nos exige que alcemos la voz para protegerlo. gracias por seguir nuestro camino
Qué belleza! Una de las cosas que más hecho de menos es ver una noche llena de estrellas en la que aprendí a encontrar las constelaciones!!! Me alegra saber que todavía hay lugares en que podemos gozar con ellas. 🩵💫
Yo sé, sentía lo mismo que dices y hasta pensé que eran recuerdos tan lejanos que no los volvería a vivir. Ahora son casi cotidianos y creo que había olvidado la emoción profunda de abrir los ojos asombrados ante la inmensidad infinita.
Gracias por compartir 😊
Gracias por escribir Aaron
Hola Victoria apenas leo este bello relato del Sur de California. Me emocionó la fuerza de tus palabras para describir estas maravillas de la naturaleza. Con tus relatos te asimiló a José Celestino Mutis con la expedición Botánica. Felicitaciones
Fernando, me hiciste erizar.
Un honor que no merezco, pero como me hubiera gustado conocerlo! Me pasa igual con Humboldt, mi admiración total, desde que empecé a conocerlos se convirtieron en mis ídolos, he seguido sus psaos y me emociono como ellos con las gotas de rocío, con las telarañas, con las estrellas, con las galaxias…