El mapa de mis días
He dividido mi mundo en semanas. Es la única estructura que tengo, cada domingo publico mi crónica de viaje, pero nunca mis semanas fueron tan largas. Cuando se acerca el día en el que debo tener todo el material listo y tomo el calendario, me parece imposible que hayan sucedido tantos eventos en tan solo seis o siete días. Necesito revisar mis imágenes para estar segura de que lo que tengo en mi memoria es de hace solo unos días y no de varias semanas atrás.

La libertad
Nunca fui más libre que ahora cuando estoy llegando al final de mi vida. De pequeña tuve una existencia monacal, mis padres me trataron como monja de clausura hasta que a los veintidós años cuando me fui a vivir sola mientras hice mis estudios de fotografía en los Estados Unidos. Así fue cómo descubrí que había formas diferentes de vivir. Al regresar y durante treinta y seis años, mi familia y el trabajo me dieron una estructura bastante tradicional.
Pero a los sesenta y tres, cuando creía tener un futuro tranquilo y sin tropiezos, me encontré sola y tuve que aceptar esa nueva realidad. Ahí fue cuando descubrí para qué eran las alas que tenía plegadas, y empecé una vida nómada que nunca imaginé.

Es una sensación difícil de explicar, pero al tomar el volante me dejé llevar por esos paisajes infinitos y por lugares que nunca imaginé que podría conocer. Descubrí que podía desayunar disfrutando del vuelo de un águila calva o jugar a las escondidas con un zorro en un bosque helado mientras recorría un glaciar. Podía caminar por campos de flores en la primavera y bajo los árboles dorados en el otoño. Supe que no quería vivir de otra manera.
Después de recorrer varias veces los Estados Unidos en las distintas estaciones y de haber visitado casi todos los parques nacionales, empecé a jugar con la idea de cruzar el continente americano de norte a sur. Imaginé diferentes escenarios, tenía claro que no podía viajar sola, porque no debía acometer miles de kilómetros por carreteras inhóspitas sin un acompañante.
Soñando con la Patagonia
Acometer todos los inconvenientes de un viaje tan largo lo hacían casi imposible y mi gran obstáculo era encontrar la compañía adecuada. Pero ¿quién estaría dispuesto a hacer un viaje tan largo e incierto? Debíamos cruzar más de veinte fronteras con distintas regulaciones y sistemas políticos, encontraríamos infinidad de retenes militares y de policía. Habría que soportar frío y calor intenso, dormir bajo las estrellas, pero también en una habitación sin ventilación y sin agua potable. Al mismo tiempo debía hacer de piloto y copiloto para reemplazarme al volante o estar a cargo del GPS para ubicar estaciones de gasolina, lugares donde comer y dormir y prever cualquier tipo de contingencia.

Ya había hecho algunos intentos de viajar con personas desconocidas, pero no me habían funcionado. Si la convivencia con alguien cercano puede llegar a ser difícil, hacerlo con un desconocido era un riesgo que no quería tomar.
Imaginé este viaje de muchas formas, yendo de mochilera, tomando autobuses, trenes y lanchas, pero tendría que dejar mis cámaras que han sido mis compañeras más constantes desde que tengo memoria.
Recuerdo que una vez antes de subir una montaña me advirtieron que no podía llevar mis cámaras y yo dije:
—Si no va mi cámara, no voy yo.
Y ese ha sido mi lema. No existo si no puedo mirar por el visor. Así que ir sin cámaras a recorrer el mundo no era un buen plan.
Hace un par de años mi hermano me llamó desde Colombia y me dijo:
—¿Quiere ir manejando a la Patagonia?
Me emocioné tanto que no lo dudé, pero los dos estábamos pensando en un viaje muy diferente. Para mí ir manejando a la Patagonia significaba que al menos el viaje empezara desde Colombia, donde él estaba. Yo vivía en Estados Unidos e idealmente me habría gustado hacerlo desde allí. Cuando él me explicó lo qué estaba pensando: tomar un avión a Santiago y rentar una caravana para llegar a Patagonia, yo sentí de inmediato que ese no era mi viaje. Me gusta explorar con calma, detenerme donde encuentro algo interesante, hablar con la gente. No me gusta regirme a un horario ni dejar de hacer algo por tener un hotel reservado en otro lugar.
Cuando mi hijo Martín decidió tomar una pausa en sus estudios después de graduarse de su pregrado en música me emocioné con la posibilidad de viajar con él. Luego invitó a su amigo Cárter y pasamos a ser un trío inusual. Yo había viajado con ellos a Colombia varias veces y este arreglo nos daba la posibilidad de tener una buena compañía con la independencia que todos necesitábamos.

Estar juntos 24/7 no es fácil. Tenemos horarios diferentes para dormir, mientras yo me acuesto relativamente temprano a escribir, ellos salen a disfrutar de la noche. Yo me despierto muy temprano y ellos duermen hasta tarde, aunque sí comemos juntos al menos una vez al día. Ellos, a sus veinticuatro tienen una energía infinita y quieren subir montañas sin más propósito que escalar. Yo, en cambio, camino lento buscando telarañas y gotas de rocío.
Al mismo tiempo tenemos muchas cosas en común, los tres somos artistas y aunque en diferentes géneros, eso hace que tengamos una sensibilidad especial y una manera diferente de ver el mundo.
Lo que encontré en Guadalajara
Salí a caminar en Guadalajara, era una delicia no morir de calor después de haber soportado las altas temperaturas del desierto durante varias semanas. Caminé sin prisa, mirándolo todo, con una mezcla de sorpresa y déjà vu, pues mi mente se empeñaba en transportarme a Colombia.


Los colores rechinantes en las paredes cargadas de grafitis, las tiendas y pequeños restaurantes con la música tan fuerte que retumbaba en el vecindario, el ruido estrepitoso de las motos, el traqueteo pesado de los buses al frenar y el sutil tintineo del vendedor de paletas tocando su campanita en una esquina. A lo lejos se oía al comprador de chatarra que, usando un megáfono, ofrecía dinero por todo aquello que sobra en la casa. Su voz se apagó cuando resonaron las trompetas de unos mariachis que no pude saber si iniciaban o terminaban su labor del día.
Las iglesias y su transformación por la cultura popular
Antes de salir estuve buscando algunos datos básicos para ubicarme y saber qué debía visitar. La primera frase que leí decía lo siguiente: “el 14 de febrero de 1542, la ciudad de Guadalajara fue fundada por cuarta y última vez”. ¡Eran casi 500 años! Ese comentario me acompañó mientras cruzaba plazas, parques y, por supuesto, las iglesias. Visité varias, una tras otra, dos en la misma cuadra e incluso una al lado de la otra. Sus fachadas en piedra denotaban su antigüedad, pero sus torres y domos eran de diferentes colores, épocas y estilos arquitectónicos.






Allí mismo busqué información y encontré que habían sido destruidos durante los múltiples terremotos que han azotado estas tierras. Las torres de la catedral fueron reconstruidas utilizando piedra pómez para hacerlas más livianas, pero esta piedra volcánica y porosa absorbe el agua. Para protegerlas de la humedad, utilizaron mosaicos de cerámica amarilla.



Entré a la catedral y, aunque es imponente y está llena de altares y capillas con sus respectivos santos, lo que más me llamó la atención fueron dos pequeñas esculturas del niño Jesús dentro de unas vitrinas. En la primera imagen aparece el niño Jesús con una túnica blanca, un sombrero de paja y una canasta en el brazo. Abajo hay un aviso en el que se lee: “El Niño de Atocha”. La segunda es un detalle en el que se ve con claridad que está rodeado de juguetes. En la tercera imagen está “El Niño de la Misericordia” con una túnica blanca bordada en hilos dorados y una gran corona en la cabeza, también rodeado de muñecos, carros y dinosaurios. Las familias van a pagar promesas y, en agradecimiento por los favores recibidos, le llevan juguetes al Niño para que se entretenga.
El monedero de crochet
Después de salir de las iglesias estuve caminando por las plazas donde encontré muchísimos puestos ambulantes. Vendían dulces, tacos, bebidas, artesanías, ropa bordada a mano e infinidad de objetos más. En medio de aquel tumulto vi a una mujer sentada en el suelo rodeada por sus productos: muñecas, cojines, portavasos, mochilas y monederos. Lo que más me llamó la atención es que estaba muy bien vestida, peinada y maquillada. Me acerqué a ver su mercancía y fue en ese momento que me percaté de que no tenía brazos. Estaba sosteniendo una aguja de crochet con los dedos de uno de sus pies y con el otro deslizaba el hilo con delicadeza.


Le compré un monedero para no olvidarla nunca y para recordar la enseñanza que llevaba escrita en un cartel: “Aunque la vida te sea difícil, nunca dejes de luchar”. Mientras guardaba mi compra en la mochila, vi que su esposo, quien le ayudaba en la administración de su negocio, la estaba alimentando y poniéndole trocitos de comida en la boca.
Mis nuevas amigas
Ya era mediodía y decidí refugiarme del calor y tomarme una bebida fría. Entré a un restaurante, busqué una mesa vacía y, cuando me fui a sentar, vi que en la mesa vecina estaba otra mujer de pelo blanco. He notado que las canas son un imán. Pertenecemos al mismo grupo, somos de las mismas. Nos sonreímos, nos saludamos, me acerqué y ella me invitó a su mesa. Mientras nos contábamos una versión resumida de nuestras vidas, llegaron su hija y dos amigas. Estuve con ellas más de dos horas, me convidaron a un matcha de mango y la conversación fue fluyendo con mucha calidez e información.
Me hablaron de pueblos, carreteras y lugares donde habían crecido. Me contaron anécdotas fantásticas sobre cómo afrontar terremotos, tsunamis, mordeduras de serpientes y todo lo que conlleva vivir en un lugar donde la naturaleza puede ser apacible y hermosa, pero también agreste y turbulenta.
Museo Cabañas (antiguo hospicio Cabañas)


Antes de llegar al museo Cabañas lo primero que encontré fue una fuente cuya base estaba recubierta en cerámica amarilla, muy conveniente para el tema de las esculturas: unos bebés regordetes escupiendo y orinando en el agua. Seguí adelante y encontré otras esculturas en bronce frente a la plazoleta del museo. El conjunto se llama “La Sala de los Magos” y su escultor fue Alejandro Colunga. Son unas figuras que parecen derretirse sobre los muebles y están llenas de detalles absurdos, pero fueron creadas para jugar.






El museo es una imponente construcción de 1805 que fue mandada a construir por el obispo del cual lleva su nombre, para dar albergue a los huérfanos y desamparados. Desde afuera me sorprendió el edificio, parece un castillo medieval y esa visita me dejó más interrogantes que respuestas.








¿Cómo un obispo recién llegado de España tiene la capacidad de construir un edificio con más de veinte patios, decenas de habitaciones, una iglesia que no tiene altar y muchas otras contradicciones para albergar a unos niños huérfanos? La mano de obra indígena, esclavizada y en condiciones de pobreza extrema dejó allí sus miserables vidas escondidas entre las piedras. Todo esto quedó plasmado en los murales de José Clemente Orozco, uno de los grandes muralistas mexicanos.
Mi cumpleaños, una celebración a mi larga vida

Desde pequeña me encantaban mis cumpleaños. En esa época, hace 69 años, las celebraciones eran netamente familiares. Cuando abría los ojos ya mi mamá me había dejado en una mesita al lado de mi cama mi regalo, que casi siempre era algo que necesitaba: un par de zapatos o una pieza de ropa. Cuando crecí, encontraba un sobre con dinero que me alcanzaba para comprarme lo mismo, pero a mi gusto.
En la noche teníamos el privilegio de escoger el menú: “arroz rico” y buñuelos de papa. Este era el de mi hermano mayor. Solo recuerdo el suyo. No el mío, pero de todas maneras ese era mi día especial entre los 365 de cada año.
Al crecer, esa fecha dejó de ser tan importante y prefería ser yo quien festejaba a los demás. Aunque recuerdo muy bien mi última celebración en familia y guardo un recuerdo agridulce porque presentí que sería la última, y así fue.
Después de mi divorcio y de que mis hijos volaran del nido, decidí recobrar este día para mí y busco hacer algo que me emocione y que sea diferente a los demás días. Si estoy sola, invito a alguien, así sea un desconocido. Este año estoy con mi hijo y con Cárter, quienes se lucieron en hacerme un día inolvidable. Fuimos a una panadería sin gluten para el desayuno, lo cual para mí es un acontecimiento, porque son lugares muy difíciles de encontrar y casi siempre termino viendo comer a mis vecinos. De repente empezaron a sonar las “mañanitas” y tanto mis chicos, como los empleados y los clientes me cantaron a coro. Yo me emocioné hasta las lágrimas y apagué mi vela entre aplausos.



Después nos fuimos a un spa de aguas termales, algunas con sabores: de flor de Jamaica, de pepino con romero, de vino tinto y otros. Lo que más me gustó fue el lugar donde estaba localizado: cerca de la población de Ajijic, a orillas del lago de Chapala y con los volcanes como telón de fondo.
El día terminó en una caminata nocturna por el pueblo de Ajijic. En una esquina levanté la mirada y encontré cientos de golondrinas alineadas sobre los cables. Había tantos pájaros que parecían notas escritas sobre un pentagrama. Lo extraño era que estaban todos allí. En la siguiente cuadra, ninguno.



Mientras las miraba fascinada, una de ellas me hizo popó en la cara, muy cerca de la boca, que afortunadamente la tenía cerrada. Entré de emergencia a la tienda más cercana y me prestaron un lavamanos y jabón. Solo en ese momento supe qué vendían: era una tienda de churros. Después no me quedó más remedio que probar uno. Estaba delicioso. (Solo un mordisquito porque contenía harina de trigo).
Los misterios de Guanajuato
Al día siguiente, mientras terminábamos de desayunar, le pregunté a la dueña del café cuáles eran sus pueblos favoritos en la ruta de Ajijic hacia la Ciudad de México. Su primera sugerencia fue Guanajuato. Aunque el nombre lo había escuchado, no tenía ninguna referencia ni había visto fotos de la ciudad, así que sería una sorpresa, aunque no imaginaba qué tan grande iba a ser.
Durante el camino estuve disfrutando del paisaje verde entre las montañas y vi algo inusual: más allá de los extensos cultivos de maíz mecidos por el viento aparecían los campos del agave con su extraño tono azul grisáceo. Aunque los vi cruzar veloces a través de mi ventanilla, no pude detenerme a fotografiarlos porque durante las cuatro horas en la ruta no encontré zonas de acotamiento (bermas) o bahías donde detenerme a descansar.

Después de ver el letrero de bienvenida a Guanajuato entramos a un túnel y de repente, al salir, ya estábamos dentro de la ciudad. El impacto visual de lo que vi me borró los minutos anteriores y me encantó que fuera así porque me emocioné muchísimo. El tráfico era tan lento que tomé mi celular para fotografiar la primera impresión que tuve de un lugar que mezclaba lo fantástico con lo inverosímil.
Las casas de dos y tres pisos estaban apiñadas unas sobre otras con sus fachadas pintadas en tonos intensos: amarillo limón, ámbar y azafrán, rosa encendido, verde musgo y aceituna, ocre y terracota. En sus fachadas planas y lisas resaltaban solo los marcos de las ventanas y algunos balcones de hierro forjado llenos de plantas.
En el primer plano, las líneas de cables eléctricos se desprendían como telarañas colgando de los postes, las esquinas y los techos, creando un fuerte contraste con la arquitectura histórica. Atrás estaban los cerros donde brillaban hileras de casas blancas bajo el cielo azul, y tuve la impresión de que la ciudad crecía hacia arriba en lugar de extenderse hacia los lados.



Mientras miraba sorprendida lo que tenía frente a mí, me enfrenté a una experiencia aterradora. Las calles empedradas y estrechas no dejaban casi espacio para pasar, sentía cómo las ruedas de mi camioneta golpeaban los bordes de los andenes y los espejos parecían rozar las paredes. Cuando vi que algunas personas sacaban sus celulares para grabar mi cruce supe que estaba en problemas y no había forma de echar marcha atrás. Quise sumirme, elevarme, desaparecer. Solo quería salir de ahí.
Cruzar con mi Atlas esas callejuelas fue como llevar un elefante a una cristalería. Varias personas me ayudaron: una chica se paró enfrente para guiarme con su mano centímetro a centímetro, y más adelante un señor se acercó a indicarme cómo podía llegar al túnel para buscar un estacionamiento.



La rampa para bajar al túnel era inverosímil: estrecha, oscura y empinada. Bajo la tierra e incrustados en la roca existía un laberinto de túneles con arcos de piedra y curvas donde girar era casi imposible. Bajamos siguiendo las indicaciones del GPS, que afortunadamente funcionaba, y llegamos al estacionamiento.
Pero aquí enfrentamos un nuevo problema: la caja Thule que llevamos con el equipaje de camping sobre el techo le agregaba unos cincuenta centímetros y no podíamos entrar. Seguí conduciendo hasta volver a salir a la superficie y Martín y Cárter me guiaron hasta un lugar donde pudiéramos dejarlo protegido. Yo aún no lo creía y me negaba a entrar, pero ellos tuvieron que convencerme de que sí podíamos pasar.


Caminar por sus pasadizos y escaleras de piedra requiere fortaleza, en especial para sus residentes. Son cientos de escalones empinados y desiguales que van subiendo como una espiral entre las rocas y las casas hasta llegar a la parte alta de la ciudad. Allí tuvimos un atardecer espectacular.


















Los días siguientes los dediqué a caminar y tomé un tour con una guía local. Silvia conocía la ciudad como la palma de su mano, era apasionada de la historia y tenía una gran cantidad de anécdotas El nombre Guanajuato significa “la tierra de los sapos”, los cuales desaparecieron desde hace siglos cuando la ciudad fue el centro mundial de la explotación minera de la plata y se usó mercurio para purificarla. Sus desechos contaminaron las aguas y, al romper las montañas, se produjeron aludes que inundaban la ciudad con cada tormenta.


En una de estas inundaciones, en 1905, la ciudad quedó casi destruida y la basílica permaneció sepultada por la avalancha de lodo. Las medidas que tomó la administración de la época los llevaron a canalizar el río debajo de la ciudad excavando unos túneles en la roca y reconstruyendo la ciudad sobre las ruinas. Hoy el río corre bajo tierra, los túneles los han adaptado para la circulación de vehículos y se pueden visitar algunas de las ruinas que han sido excavadas debajo de la iglesia actual.















Guanajuato es una ciudad vibrante y llena de vida. Puestos de flores, artesanías y tacos se encuentran entre los laberintos de sus calles empedradas y en el gran Mercado Hidalgo. En las noches los cantos de las estudiantinas llenan el ambiente y los aromas traen toda la riqueza de su comida tradicional.
Hola Victoria me encantan tus historias, gracias por compartirlas con tanto detalle y hermosas fotografías! Muchos te acompañamos en esta travesía! Sigue adelante junto con tus hijos. Duos te Bendiga y Proteja
Gracias por tu apoyo Esther, un abrazo
Buenas tardes:
Maravillada siempre de viajar en sus letras, sus fotografías, su sentir y su manera de mirar la vida con ojos de asombro, pero sobre todo, amor por la madre natura.🍄🟫
Abrazos desde mi tierra linda: La Guajira
Gracias Adonys, que lindo mensaje
Como siempre,un emotivo relato acompañado de unas fotos maravillosas
Gracias Diana, me alegro que te guste y te agradezco que me leas.
Victoria: Que odisea maravillosa! Pero lo que más me gusta es que sigas celebrando tu cumpleaños, con mucha emoción y energía. Es un día al año!!! Y debes regalarte el mejor tiempo posible.
México es tan emocionante y contrastable, que cada calle y lugar, tiene mucho que contar. Que sigas disfrutando tu ruta y conociendo cada rincón, aunque tu caravan se encoja un tris. 🫠Abrazos!!!
Gracias Lili, asi es. Que lindo tu mensaje
Cada pasaje es mas emocionante. Un abrazo
Gracias Patricia, me encanta que estés disfrutando con nosotros, en especial porque la vida nos separó por tanto tiempo.
Espero cada lunes tu historia, me encanta como nos vas llevando con tu escrito y fotos buenisimas, además ver el recorrido en el mapa una maravilla ,para ubicarlos bien por dónde van , abrazos y ,que siga esta semana con más momentos increíbles. También fue muy bueno saber como,surgio ,está aventura,
Me encanta tener la camara en las manos para ir registrando este mundo tan diferente al que conocía. Me gusta el paisaje, los animales, la selva y en especial la gente. Todos tienen una sonrisa, una frase amistosa.
Lindos momentos quedan en tu corazón y en el de los que te leemos, gracias por compartir, un abrazo y sigue disfrutando
Maravilloso viaje !!!!
Disfruta de cada momento, día a día, cada espacio, cada luz, cada renacer,
🌈🙌🏻🥰
Un gran abrazo amiga 💖
Vicki!!! Cada aventura es más emotiva ionsnte que la anterior!! Disfruto cantidades de tus recorridos!!’ Además aprendemos cantidades y nos maravillamos de las cosas tan hermosas que tiene la naturaleza. Te mando un fuerte abrazo y pendiente de tus aventuras y relatos!!
Guanajuato es una ciudad única. Recuerdo especialmente el laberinto de túneles vehiculares. En aquella época (yo trabajaba para Waze) no existía la tecnología para que los GPS se pudieran ubicar sin acceso a los satélites. Me alegra que se haya podido resolver ese inconveniente tecnológico. Sólo estuvimos una noche, alojados en un hotel en las afueras del pueblo. Muchas gracias por compartir sus aventuras.
Creo que sin GPS todaví estaríamos perdidos entre los túneles! Aunque nuestro mayor inconveniente fue el tamaño del carro.
Victoria, muchas gracias por tus relatos y las maravillosas fotografías, solo le queda a uno poner en la lista de los lugares por conocer a Guanajuato del que solo sabía por las rancheras! Un abrazo y disfruta tu aventura!
Gracias por tu mensaje y sí, es verdad, yo había escuchado su nombre, pero nunca me imaginé esa belleza de ciudad. Un abrazo para ti también