¿Dónde estoy?
Uno de los momentos más desconcertantes de mi vida nómada es ese instante al despertar, cuando no tengo ni idea de dónde estoy, es una especie de vacío entre mundos: ni completamente dormida, ni del todo en vigilia.

Trato de alargarlo sin abrir los ojos, para ubicarme por el sonido y caigo en una rutina que se ha convertido en un juego. En Nueva York nunca me pierdo, es fácil saber que estoy ahí por las sirenas que ululan todo el tiempo, pero hay lugares donde es muy difícil ubicarme en esos momentos en que debo encontrar alguna clave que me guie. Así que continúo con mis ojos cerrados, respiro hondo y escucho:
¿Oigo el mar, el viento, la lluvia?
¿Son aves?
¿Gaviotas? ¿Tángaras? ¿Guacharacas? ¿Un águila? ¿Un gallo?
¿Hace frío o calor? ¿Es invierno? ¿Verano? ¿Tengo una cobija? ¿Una sábana? ¿Estoy en una cama, un sofá o en un saco de dormir?
De repente me llega un aroma:
¿Pasto? ¿Flores? ¿Estamos en primavera? ¿Huele a establo? Mmm… es real o tengo hambre:
¿Qué voy a desayunar? ¿Arepa? Bagel? ¿Pan con tomate?
¿Y de tomar? ¿Chocolate con queso? ¿Mimosa? ¿Té? ¿Changua?
Muchas veces no recibo ninguna pista que me aclare donde estoy. Tal vez el sueño que tuve al despertarme me confunde aún más. No sé si estoy despierta. A veces este juego matutino se convierte en uno de mis sueños y me confunde aún más y aunque creo estar despierta, sigo soñando.
—¿Mami? Escucho a mi hijo llamándome, allí mismo, en la habitación. ¡No puede ser! ¡Él no está conmigo! Pero fue tan real…
Otras veces se me atraviesa un recuerdo y me siento segura de mi respuesta, pero al abrir los ojos, veo que mis sensaciones se han equivocado y me han llevado a un lugar diferente.
Ya con los ojos abiertos, sigo barajando opciones: un leve rayo de luz se filtra por la rendija de una ventana de madera. ¿Estoy en una casa antigua o campesina?
La noche aún cargada de estrellas la vislumbro a través del cristal. ¿Estoy lejos de la ciudad si puedo ver estrellas?
La lluvia y el viento golpean el techo de zinc y una rama desnuda proyecta una sombra en la pared. ¿Estoy en un bosque?
Estiró mis manos, mis pies y empiezo a tantear, a tocar, a sentir. Tengo un mosquitero que me atrapa, entreabro los ojos y veo un par de ojos que me miran, un mono diminuto se acuesta a mi lado y me mira a través de la transparencia de la tela.
Un gato ha caído del techo sobre mi almohada espantado por un trueno cercano.
Un murciélago cuelga envuelto entre sus alas en un rincón.
Los tonos rojizos del sol comienzan a iluminar mi habitación y se inicia una danza de colores. Tal vez y solo tal vez, en ese momento pueda saber dónde estoy.
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