Diarios de ruta: del bosque dorado al huracán canadiense
Junio 22, Nova Scotia
Aún sin abrir los ojos supe que la temperatura exterior estaba muy fría porque sentí la punta de mi nariz helada.
El día comenzó temprano con el hermoso canto del cardenal y la dulce melodía del cucarachero (Winter Wren). Mientras yo trataba de imaginar en qué lugar del mundo me encontraba, percibí la claridad incipiente a través de las delgadas paredes de la carpa. No podía calcular la hora exacta porque ese día cambiamos de zona horaria, pero un número no hacía ninguna diferencia en ese momento perfecto y me invadió la emoción de saberme en un lugar remoto y nuevo.

Traté de enfocar mi mente en los dos días anteriores para recordar los lugares visitados. El primero y más importante fue la frontera con Canadá. En mi mente, después de todas las dudas y vicisitudes, creí que ese día sería memorable, pero todo el trámite no duro más de dos minutos. No hubo foto de bienvenida con la bandera y ni siquiera un lugar donde detenernos a registrar nuestra primera frontera. Una de las veintidós que queremos cruzar en este viaje Panamericano. Más de una hora después encontramos un pueblo donde detenernos a estirar las piernas y a tomar algo y ahí sí tomamos la foto, en el City Hall de Fredericton.


Todavía entre la calidez de mi sleeping pensé en las fotos que había tomado y quise verlas, al menos las del celular, pero con solo sacar un brazo para buscarlo sentí un golpe de frío que me recorrió todo el cuerpo, así que decidí seguir durmiendo un par de horas más.
Al rato sentí una punzada de hambre y esperé a que Martín se despertara. Cocinar es una de las cosas que más disfrutamos hacer juntos. Desde que era niño me ayudaba a lavar, cortar y sazonar los ingredientes. Le fascinaba oler las especias y probar cada preparación. Con los años desarrolló algo que incluso supera mis habilidades: tiene un sentido innato para combinar sabores y presentar los platos. Esa mañana apareció con una sartén de hierro humeante: huevos de yema intensamente amarilla y tomates cherry todavía prendidos de la rama. Un desayuno sencillo convertido en un pequeño lujo frente al bosque.

Acampamos cerca del pueblo de Baddeck, en Nueva Escocia, y tomamos la carretera circunvalar que rodea la isla de Cabo Bretón para visitar el Parque Nacional Cape Breton Highlands. Esta vía sube desde la orilla del mar hasta una meseta desde donde se ven bosques boreales, acantilados que caen directamente al océano, ríos, cascadas y una vegetación única que en esta época es imposible de describir. Aunque había pasado un solo un día del solsticio de verano, aquí el viento apenas empezaba a acariciar con suavidad los botones verdes que abrían sus hojas al sol.
Cada árbol respondía a la brisa con un ritmo distinto: se inclinaba, se estremecía y agitaba sus ramas como si intentara desprenderse de la tierra que lo sostenía. En ocasiones sus ramas se entrelazaban y los troncos estaban tan apretados que zonas enteras del bosque jamás recibían un rayo de luz.



El aroma dulce de las flores me llegaba mezclado con la brisa cargada de sal y con los sabores de la comida regional: las ostras, las sopas de pescado y, especialmente, la crema de almejas y langosta (seafood chowder). Al atardecer encontré unos tonos tan intensos que transformaban las rocas húmedas y oscuras en paredes de oro puro. Cada curva del camino traía una nueva sorpresa: el contraste entre el azul intenso del cielo y el del mar, los infinitos verdes que brillaban a contraluz y los tonos oscuros de las coníferas que rompían la monotonía de esas montañas fosforescentes.






Junio 24, la tormenta
Ayer no escribí. No porque no hubiera pasado nada, sino porque no tuve tiempo. Desarmamos el campamento, empacamos milimétricamente el «tetris» de la camioneta y salimos bajo la lluvia hacia el puerto de North Sydney para embarcarnos en un ferry de siete horas hacia nuestro destino más lejano: Newfoundland.
Para mí fue una novedad ver cómo filas de tractomulas y camiones entraban al barco, seguidos por casas rodantes y, en el último lugar, nosotros los automóviles. Nos acomodaban, según mi lógica, sin ningún orden. Sin embargo, los acomodadores, armados con linternas rojas como en la pista de un aeropuerto, nos dirigían con precisión milimétrica entre los recovecos dejados por los vehículos grandes. Quedamos atravesados, ocupando espacios diminutos a escasos centímetros de las llantas enormes de un contenedor de carga. Incluso bajarse del auto fue difícil y llegar al ascensor, un reto mayor. Era un laberinto tan estrecho que tuvimos que intentar varios recorridos antes de alcanzar el noveno piso, donde teníamos dos sillones asignados. Martín se acomodó frente a una pantalla de televisión a ver el partido de Colombia que empezaba a las 11:00 PM, a una hora donde en el salón ya solo se escuchaba un concierto interminable de ronquidos.

Sobrevivimos la noche en blanco. Al desembarcar en Port aux Basques nos recibió una espesa cortina de niebla y un fuerte aguacero. Pronóstico del clima: 48 horas de lluvia intensa y alerta por vientos huracanados e inundaciones.
Newfoundland no se caracteriza por tener buenas carreteras. Tiene una principal que une los puntos más importantes y algunas laterales más pequeñas. Hoy escribo con la adrenalina todavía al límite. Manejar desde Port aux Basques hasta Steady Brook fue una película de terror: un diluvio universal, neblina que no dejaba ver a dos metros y vientos que sentía que levantaban la camioneta. Cruzamos por un tramo donde las luces de emergencia estaban encendidas anunciando peligro extremo. Esta zona se llama Wreckhouse —que le hace honor a su nombre: la zona de las casas destruidas—. Me enteré de que el viento ahí es tan brutal que históricamente descarrilaba trenes y hoy voltea camiones como si fueran de juguete.
Pero lo peor no venía de arriba, sino de abajo. Mantener la camioneta estable fue muy difícil. La carretera parecía tener una placa huella profunda: dos canales excavados en el asfalto que, con la lluvia, se convirtieron en ríos perfectos. Las llantas flotaban y el carro perdía tracción a la menor provocación. El misterio de la vía destruida tiene explicación: por aquí pasa todo el transporte pesado de la isla y en invierno todos usan llantas con clavos de acero (studded tires). Millones de clavos lijando el pavimento año tras año terminan cavando esas zanjas.
Fueron dos horas y media de pura tensión, aferrada al volante. Lo peor es que no pudimos parar a descansar. No había dónde. Desde que nos bajamos del barco hasta llegar a la cabaña no encontramos ni un café abierto ni una estación de gasolina, ni un restaurante. Nada.
Llegamos a nuestro destino, prendimos la chimenea, cocinamos delicioso, fuimos a la lavandería a lavar nuestra ropa y descansamos. Mañana seguiremos en la ruta. Ahora estamos a salvo, procesando lo que es manejar flotando sobre rieles de agua en medio de un huracán canadiense.
Junio 25, Newfoundland
Cuando al fin terminó la tormenta, dejamos la cabaña que nos sirvió de refugio y salimos hacia el oeste de Newfoundland a buscar el parque nacional más icónico de la isla: Gros Morne. El sol salió tímidamente y hacia el mediodía brillaba con fuerza en el cielo azul.

Empezamos el recorrido en el centro de visitantes, donde nos ayudaron a trazar la ruta y nos mostraron en un mapa de papel cuáles eran los lugares imperdibles. Desde allí, dejando atrás el lago Deer Lake, manejamos entre bosques boreales bordeando la bahía de Bonne Bay —un fiordo natural espectacular— hasta llegar a una pequeña villa de pescadores llamada Woody Point. Es un pueblo tan pequeño que tiene solo dos calles: la carretera de acceso que termina en la última casa, y la “calle del agua” —Water Street— donde conviven un café, un restaurante, un hotel, un par de tiendas de artesanías y una biblioteca pública.
En el restaurante —que era a la vez heladería, bar y galería de arte— pedimos los platos típicos de la región: una sopa de bacalao y poutine, el plato más tradicional de Canadá: papas fritas cubiertas con salsa de carne y queso fresco en trozos.



Al dejar el pueblo nos dirigimos a las Tablelands. Frente a nosotros apareció un paisaje imposible. Parecía un desierto de otro planeta incrustado entre montañas cubiertas de bosques. Mi primera impresión fue pensar que estaba caminando sobre un antiguo campo de lava. Solo después descubrí que no había ningún volcán: allí había quedado expuesta una parte del manto terrestre, una de las capas más profundas del planeta.






Las cimas de las montañas adyacentes, que se elevaron en ese cataclismo, pasan la mayor parte del tiempo cubiertas de nieve. Todavía en verano, en pleno deshielo, seguían soltando el agua de sus glaciares, que bajaba formando arroyos de agua pura y helada. Me sorprendió cómo la vida se aferraba a subsistir en ese mundo imposible: brotaban plantas diminutas y brillantes buscando la luz del sol, produciendo clorofila por unos pocos meses para desaparecer en el otoño.
Después terminar la caminata encontramos una zona de camping espectacular. Armamos la carpa a la orilla del mar en un fiordo marino que se interna tanto en la tierra que sus aguas tranquilas parecían ser las de un lago. Como ya contábamos con la experiencia de los días anteriores, montamos el campamento con rapidez y tratamos por más de una hora de encender la fogata. Pero la leña estaba mojada por la tormenta y tuvimos que recurrir a nuestra pequeña estufa de gas para preparar la comida.



Preparamos unas arepitas fritas en aceite de coco —que Sofía, mi amiga venezolana, le enseñó a hacer a Martín— y las acompañamos con otro clásico latinoamericano: frijoles negros con arroz. Caraotas en Venezuela, gallo pinto en Costa Rica y Nicaragua, moros y cristianos en Cuba, blancos y negros en Puerto Rico. Mientras tanto, el cielo cambiaba de colores tiñendo de rosa las montañas, las nubes y el agua, y en el oriente salía una luna creciente, brillante. Terminados la noche riéndonos al vestirnos para dormir: una, dos, tres, cuatro capas… hasta perder la cuenta. Medias, guantes, gorro y cobijas adicionales dentro del sleeping bag para soportar las gélidas temperaturas de la noche, que rozaban los cero grados.
Junio 26, Los fiordos
Esa mañana desarmamos el campamento y seguimos nuestra ruta hacia el norte de la isla.

En Newfoundland todo el mundo habla de los alces. Bromean diciendo que aquí hay más alces que personas. Después descubrimos que no exageraban: viven más de cien mil en la isla. Lo curioso es que, aunque son muchísimos, encontrar uno entre el bosque boreal resulta muy difícil.
Almorzamos en un restaurante de cocina tradicional indígena que ofrecía un menú muy diferente, con platos como estofado de conejo con tubérculos, sopa de bacalao y hamburguesas de alce.
Al salir del restaurante fuimos a uno de los lugares que más deseábamos conocer: el Western Brook Pond, uno de los fiordos más antiguos del planeta, moldeado por el hielo durante milenios.

Desde la carretera habíamos visto las enormes formaciones de roca, pero era imposible imaginar qué tan lejos estaban o la verdadera altura de aquellos acantilados. Reservamos nuestro cupo y, aunque podíamos tomar un transporte desde el parqueadero hasta el muelle, Martín y yo decidimos caminar los tres kilómetros que atravesaban un ecosistema completamente desconocido para nosotros: una turbera.












Existe mucha información sobre estos pantanos, pero en ese momento lo que me cautivó fue poder ver y fotografiar algo nuevo. En primavera todo resurge y vi muchas plantas desconocidas cubiertas de diminutas flores brotando de la tierra. Entre ellas, mis favoritas fueron los dientes de león que brillaban como pequeños farolitos a contraluz mecidos por el viento. En los charcos crecían unas diminutas varitas que parecían bambú en miniatura y entre sus tallos verdes descubrí un sapo tomando el sol. En lo alto de una rama desnuda encontré una reinita dorada cantando con entusiasmo. Me emocioné muchísimo porque la había visto en Colombia durante sus migraciones y verla allí fue comprender que ese diminuto ser también enlazaba, con su vuelo anual, los paisajes que nosotros apenas comenzábamos a descubrir por carretera.
Cuando por fin entramos en el bote y comenzamos a deslizarnos sobre sus aguas azules, la brisa helada me hacía lagrimear los ojos, pero no podía dejar de mirar aquellas paredes de roca donde pequeños bosques de un verde intenso parecían aferrarse a la roca.
Todavía era época de deshielo y, desde esos parches de nieve nacían las cascadas que el viento lanzaba al vacío. Algunas caían desde una altura tal que sus gotas se transformaban en vapor antes de volver a tocar la roca.
Cerramos esa noche acampando dentro de un bosque para salir al día siguiente hasta un lugar lejano y remoto para visitar una aldea vikinga. Pero esa historia vendrá la próxima semana.
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Espectaculares las fotos, esas color naranja en especial, cuídense mucho por favor y Dios los bendiga
Gracias Gloria!
Espectacular ! Gracias porque me sentí viajando a su lado y viviendo esas nuevas experiencias. Muy buena crónica , eres igual de buena para escribir como para fotografiar . Abrazos para los dos y aquí seguiremos viajando y descubriendo esos remotos y espléndidos lugares .
Hermosa naturaleza en un planeta Tierra cuya especie humana avanza en la destrucción de la humanidad y de su entorno. Felicitaciones Victoria por regalarnos parte de la Madre Tierra que conoceremos a través de tu lente. Cuídense mucho los amamos.
Es un sueño estas historias y estas fotos con semejantes paisajes. El video de las cascadas y ese lago, me hicieron el dia. Gracias Vicky por compartir ese sueño con nosotros. Me pregunto a que horas escribes porque no veo que te quede tiempo para semejantes descripciones tan hermosas. Un abrazo y desde ya espero el próximo capitulo.
Increíbles relatos de viaje y fotografías hermosas!!! También soy ferviente admiradora de las aves migratorias, creo que esa especie de reinita la vi en Mompox. Me emocionó ver lupinos de flores azules similares a los que crecen por aquí en los cerros orientales de Bogotá, en el Jardín Botánico de Bogotá y en mis jardineras, en dónde las he germinado. Gracias por esas compartir tan intensas experiencias 💚❤️
Maravillosas experiencias para la visión y el espíritu. Un abrazo gigante para los dos. 🩵
Que buena narración, me llevó a todos esos hermosos lugares y momentos. Que sigan disfrutando cada día como el primero. Un abrazo
Maravillosa experiencia
Tu narración tiene tanto vida, es tan auténtica, que me siento viajando al lado de ustedes. Gracias Vicky. Muchos y fuertes abrazos
Wow Victoria que experiencias y contrastes, con tu narrativa , vídeos y fotos fue como estar con uds en el viaje, ansiosa de suguir leyendo la siguiente etapa, un abrazote
Tu vienes con nosotros en nuestro corazón! Un abrazo gigante!!!
Maravilloso viaje! Sigan disfrutando y contándonos sus experiencias, felicidades!
Gracias Tatiana, aqui seguiremos compartiendo.
Extraordinario viajar con ustedes. Bellísimos paisajes y narrativa.
Gracias, para nosotros tembien contar con tu apoyo
Me da envidia de la buena. Poder visitar esos lugares tan maravillosos es un lujo y un privilegio que pocas personas en el mundo se pueden dar. felicitaciones.
Así Ignacio y como tal lo recibimos. Sabemos que no es facil dejar todo atrás, pero la belleza que aún esconde nuestro planeta, merece la pena de verse y registrarse, porque no sabemos cuánto tiempo más estará con nosotros.