Detenidos por la policía migratoria

septiembre 22, 2026 Bitácora de una Fotógrafa, Diario de viaje, México, Ruta Panamericana

Al ser detenidos por la policía migratoria, la falta de un sello en el pasaporte puso en riesgo nuestra seguridad y nuestro viaje a la Patagonia.

Esta edición extraordinaria es una respuesta que no quiero demorar para agradecer sus mensajes para asegurarles que estamos bien.

Empiezo a escribir esta historia desde el avión que nos llevará de regreso a Baja California Sur, donde nos espera el Atlas, nuestro hogar rodante.

¿Pero qué pasó?

En mi última historia les compartí la ansiedad que tuve al cruzar la frontera terrestre de Tijuana. Si no has leído la historia, la pueden encontrar aquí:

Tal vez debí escuchar esa pequeña voz que me hacía sentir incomoda, pero había revisado tantas veces mi infinita lista de chequeo, que nunca se me ocurrió pensar que, cuando cruzáramos la frontera, tendría que buscar a una oficina externa para hacerle poner un sello a mi pasaporte.

Mi lista incluía citas y seguros médicos internacionales, seguros del Atlas, cambio de frenos y llantas, cancelar suscripciones, buscar nuevas opciones para los celulares sin perder los números, sacar pasaportes y arreglar todo lo que me quedara pendiente en los Estados Unidos después de haber vivido en este país por 25 años.

Me confié por el hecho de que cruzamos varias veces las fronteras con Canadá durante los últimos meses y nunca nos sellaron los pasaportes porque toda la documentación está online. Asumí que, si no había casillas para sellar los pasaportes, era porque no había que hacerlo y muchísimo menos se me hubiera ocurrido que tendría que era mi responsabilidad buscar donde me lo sellaran.

¿Irregular o ilegal?

Solo encontré información sobre este cruce para viajeros después de este incidente y solo porque la busqué sabiendo qué resultado quería obtener. Jamás se me pasó por la mente que yo sería alguien con el estatus de “irregular”, término que usan los oficiales de migración en México y el cual prefiero, porque el nombre de “ilegal” me da escalofríos.

El día de nuestro cruce pasamos entre decenas de cámaras de seguridad que disparaban flashes a diestra y siniestra y eso me hizo sentir que ya estábamos completamente identificados y que la verdadera migración la haríamos antes de pasar a tierra firme. En los días siguientes nos detuvieron en muchos retenes y, aunque tuvimos nuestros pasaportes en la mano, nunca nos los revisaron.

Es más, fueron tan amables y respetuosos que nos fuimos relajando y pensábamos que la policía mexicana solo tenía mala fama. Siempre querían escuchar nuestro acento y mostraban curiosidad por nuestro viaje. Por eso no nos preocupamos por el último retén, aunque allí sí nos pidieron los pasaportes.

—¿Y el sello?

—preguntó el oficial.

Nosotros nos miramos sorprendidos. No teníamos ni idea de a qué sello se refería. Luego me preguntaron si los chicos tenían padre mexicano, para saber si arreglábamos aquel entuerto de alguna manera que no fuera deportarnos.

Les explicamos con sinceridad e ingenuidad cómo había sido nuestro cruce y supimos entonces que nuestro caso no era excepcional. Ellos reciben varios “irregulares” cada día. Incluso tienen un empleado dedicado exclusivamente a reclutarlos y escoltarlos.

Le pregunté al oficial por qué no trataban de evitar que esto sucediera colocando casillas migratorias e información en la frontera. Ellos mismos me dieron la razón porque sabían que el paso por esa frontera era absurdo, pero los gobiernos no funcionan así.

Esperamos bajo una nube de mosquitos y un sol abrazador con una temperatura de casi 40 grados. Después nos pidieron que pasáramos el Atlas cerca de las oficinas y solo en ese momento entendí que no era algo temporal y que lo podríamos solucionar con un trámite en una oficina.

Los chicos sacaron los instrumentos para bajar el estrés y yo traté de conseguir un poco más de información.

El tiempo fue pasando y no sabíamos cuál era nuestra situación. ¿Estábamos detenidos? ¿Nos iban a deportar? ¿Qué pasaría con el Atlas, con nuestras cosas?

El oficial nos paró uno a uno frente a la pared de la caseta y nos fotografió de cerca y de cuerpo entero. Esto iba tomando un cariz preocupante. Después del cambio de turno nos llevaron en una van, donde nos acomodaron detrás de la reja que separaba la cabina de la parte trasera. Era como una película y todavía no podíamos percibir si tendría un final feliz o uno trágico.

El juego del bingo

En ese momento Cárter le recordó a Martín el juego de bingo que ambos habían creado. Escribieron en cada casilla del tablero los posibles escenarios de las situaciones que podrían tener durante este viaje, tanto buenas como malas.

Carter tenía en su lista “ser arrestado”.

Martín había escrito “problemas en una frontera”.

Ambos ganaron puntos ese día y no podíamos parar de reírnos, tal vez porque era lo único que nos permitía no caer en el pesimismo o el miedo. De ese momento viene esta imagen.

Luego nos informaron que nos llevarían a medicina legal a un “chequeo médico”, lo cual incrementó nuestra ansiedad. Mientras avanzábamos entre el lento tráfico de La Paz, yo les escribía en directo a mis hijos, que obviamente se angustiaron. Yo quería estar segura de que, si nos desaparecíamos, al menos ellos tendrían una pista sobre nuestra situación.

Llegamos a la “Comandancia de Peritaje”, un edificio gris, bastante lúgubre, con piso de cemento sin pulir y sin ningún tipo de mobiliario. El conductor y el oficial nos escoltaron a la sala de espera, una habitación muy estrecha de unos dos por tres metros, con dos puertas de madera y un hueco como para una tercera puerta, cruzado por cinta policial amarilla de la que usan para sellar las escenas de crimen en las películas.

Una de las paredes tenía un par de huecos profundos que me hicieron pensar que alguien había descargado allí unos puñetazos en el drywall. El único mueble era una silla rota de rodachinas que servía para mantener abierta la puerta del doctor. Esta tenía un cartel impreso en un papel desgastado que decía: “Médico legista”. En la otra puerta, un cartel similar decía: “Biométricos, prohibida la toma de fotografías”.

Y yo, fotógrafa, no quería perderme ningún detalle y, aunque me moría de ganas de registrar todo, me contuve. No quería que me quitaran mi teléfono o meterme en un problema peor.

El oficial nos había advertido que pasaríamos de uno en uno y nos preparó para responder preguntas sobre nuestra salud, si usábamos drogas, si teníamos alguna enfermedad o tomábamos medicinas de prescripción. Luego nos harían las huellas dactilares.

Mientras tanto, mi hija me texteaba preguntando si nos iban a vacunar y Cárter decía que él sí tenía su registro de vacunas.

Nada de eso sucedió.

El médico preguntó desde su escritorio que le confirmáramos si teníamos algún golpe. Dijimos que no, luego firmó nuestro registro y salimos de allí sin haberle visto la cara. Nos escoltaron nuevamente a la van.

Nuestros mayores temores: la cárcel y/o la deportación

De medicina legal fuimos al “Instituto de Migración”. Allí entramos a una oficina donde unas ocho personas uniformadas nos recibieron muy amablemente y nos informaron que estábamos en situación “irregular”. Nos leyeron nuestros derechos y nos entregaron un folio de documentos para firmar y confirmar que nos habían tratado de forma reglamentaria. Tuvimos que firmar once páginas y poner las huellas.

Una vez terminado el procedimiento nos dieron diez días para abandonar el país de forma voluntaria. En caso de no hacerlo, seríamos deportados con todas las consecuencias legales. Por último, nos tomaron fotos para confirmar que salíamos en una sola pieza y sin un rasguño. A veces pienso que mi pelo blanco sirvió para un tratamiento más respetuoso y compasivo.

A pesar de que fueron muy amables, la noticia nos cayó como un balde de agua helada en la cabeza. Mientras procesaba la información y pensaba en nuestras opciones, esos diez días me parecieron muy pocos. Estábamos a veinte horas de Tijuana, serían unas cuarenta horas netas ir y regresar. Nos había tomado una semana completa hacer el recorrido y necesitaríamos dos más para ir y volver y ¿qué tal si no nos dejaran entrar el carro o a nosotros mismos? Había sido un viaje hermoso, pero ya no lo estaríamos haciendo por placer, sino por necesidad de llegar agotados a un destino incierto.  

La segunda opción sería hacer con urgencia los papeles de la importación temporal del Atlas para poderlo embarcar, tomar el ferry a Mazatlán (doce horas), un día de mantenimiento porque ya el computador del Atlas nos había avisado que lo necesitaba. Después manejar veintiocho horas netas hasta la frontera de Guatemala. Tendríamos que hacer jornadas agotadoras, sin contar el tráfico y los imprevistos. La ventaja de esta opción era que, aunque no nos permitieran entrar a México, podríamos seguir hacia el sur sin abortar el viaje. Pero yo no lo veía viable, sería una carrera contrarreloj y si tuviéramos cualquier percance en carretera terminaríamos deportados.

Había una tercera opción: dejar el Atlas en un estacionamiento en Baja California Sur y volar a Tijuana. Desde el aeropuerto podíamos cruzar caminando la frontera hacia Estados Unidos y, ese mismo día, regresar a México, pasando esta vez por los controles normales de migración para que nuestra entrada quedara registrada y sellaran nuestros pasaportes. En teoría sonaba posible, pero representaba un costo muy alto y trastocaba nuestro presupuesto.También tenía riesgos: ¿qué pasaría si el oficial de migración no nos dejaba pasar por nuestros “antecedentes”? ¿Dónde dejaríamos el Atlas con todas nuestras pertenencias? ¿Cuánto tiempo tendríamos que estar por fuera? Me daba escalofríos separarme de mis cosas, dejarlas a kilómetros de distancia y sin saber si las volvería a ver: mis cámaras, mis discos duros con mis archivos de toda mi carrera y mis acuarelas originales. Eran todas mis posesiones, porque no tengo una casa.

Cuando salimos todavía confusos de las oficinas de migración, un conductor de la policía nos llevó en un automóvil “civil” a recoger nuestro Atlas. Esa noche no podía dormir de la ansiedad.

Nos decidimos por la tercera opción  

Nos fuimos a un aeropuerto en Los Cabos a dos horas de distancia, volamos a Tijuana, caminamos dentro del aeropuerto por pasillos larguísimos hasta cruzar la frontera de los Estados Unidos, hicimos migración en San Diego, y salimos a la calle.

Ahora seguía lo más preocupante, regresar a México: volvimos a entrar en el mismo aeropuerto, pero por otra puerta para hacer migración y sellar el pasaporte. La empleada que nos atendió fue muy amable y no se imaginaba la emoción que nos produjo cada click del sello.

Nos fuimos a un hotel porque estaba muy tarde y yo me senté a publicar mi historia de la semana en mi blog y en Substack.

A la mañana siguiente volamos dos horas para recoger nuestro Atlas con todo su contenido intacto.

Comentarios

10 respuestas a “Detenidos por la policía migratoria”

  1. De verdad increíble, quedé sin palabras leyéndote, pero que alegría saber que todo salió bien y ver en la fotos sus caras de alegría en todos eso
    Momentos de ansiedad y nerviosismo da mucha tranquilidad, que descanso que están bien, se recuperaron en un hotel, Atlas intacto, y seguimos este viaje maravilloso, gracias por
    Llevarnos, abrazos. La foto de ellos tocando los instrumentos es épica 🙏🏼👏🏼😍

  2. Penoso pero verdadero son de las pocas cosas en que hubiera ayudado si estuviera con ustedes sólo que es una gran travesía sólo parara valientes como ustedes.

  3. El juego imaginario de las fronteras queda poéticamente desafiado con esta jugada. No entendí la mitad de la historia, pero entendí lo vital: un sello, una línea imaginaria, regresar a la línea para el sello. Es una pesadilla del absurdo. ¡Adoré la sonrisa permanente de los reos!

    • Ahhh! Me encanta lo de reos.Si algo hemos hecho en este viaje es reírnos y más cuando el absurdo de la situación lo amerita. Los chicos agradecíán ir conmigo, fui el seguro de vida. Estaban seguros de que a ellos solos no los habrían dejado ir tan fácil.

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