El día del desfile de silleteros

agosto 3, 2025 Diario de viaje, Los lugares más hermosos de Colombia

Florecer con el cuerpo, narrado por Sara

Esta mañana me despertaron antes que al gallo. Apenas abrí los ojos, ya olía a flores y a café recién hecho. Escuché a mi mamá diciendo bajito:
—No despierten a Sara todavía, que le espera un día largo.

Pero yo ya estaba despierta. Me vestí sola, con mi falda negra y mi blusa blanca que tenía bordadas unas florecitas en el cuello. La abuela me ayudó a amarrar el chal y me puso un alfiler de girasol en el delantal.
—Hoy no vienes solo a mirar —me dijo—. Hoy vienes a aprender.

La silleta de Matías

La silleta de Matías estaba lista en el patio, recostada como si estuviera dormida. La había terminado con el abuelo a medianoche. Tenía girasoles, orquídeas, rosas, lirios y hasta una camelia que no sé cómo sobrevivió al viaje desde la finca. Parecía un jardín completo amarrado con ramas y alambres.

La silleta de mi papá era monumental, no sé cómo iba a cargarla. Pesaba tanto que me daba miedo solo de mirarla. La de mi hermano pesa 30 kilos, pero la de mi papá casi cien.

—¿Y tú cómo haces para no caerte? —le pregunté a Matías mientras se ponía las alpargatas.

—Uno no piensa en eso —me dijo—. Solo se camina como si la espalda también fuera tierra.

Salimos antes de que saliera el sol. Todo estaba callado y el cielo tenía un color azul oscuro, como si todavía no supiera si iba a amanecer. Caminamos en fila, abuelita adelante, luego mamá, Matías con la silleta, y yo atrás. En cada curva del camino, más silleteros se iban uniendo, todos vestidos igual, como si fueran parte de una misma flor grande que se abría paso hacia la ciudad.

Mi abuelo nos alcanzó más tarde. Tenía los ojos brillantes y la ruana doblada sobre un hombro.
—Esto no es solo un desfile, Sara —me dijo mientras caminábamos juntos—. Es la historia de lo que somos. Es el monte, la paciencia, la espalda y la alegría.

Yo no entendí todo, pero asentí con la cabeza. A veces, cuando él habla así, siento que no hace falta entender, solo sentir.

Llegando a Medellín

Cuando llegamos a Medellín, vi a tanta gente que me dio miedo. Algunos aplaudían, otros lloraban. Los niños gritaban “¡qué linda la silleta!” y yo quería gritarles:
—¡Esa la hizo mi hermano! ¡Con mis flores!

Matías caminaba despacio. Yo lo seguía, mirando sus pasos y cómo la silleta se movía con su cuerpo, como si respirara. Las tirantas le cruzaban el pecho, y en la frente tenía el cabestrillo tejido por mi mamá.
—¿No te duele la cabeza? —le susurré.
—Sí —me dijo sin voltear—. Pero el corazón pesa más.

Cuando el desfile terminó, vi que los pies de Matías estaban llenos de polvo y que tenía las manos temblando. Se sentó en el borde de la acera, y el abuelo le puso la mano en el hombro.
—Muy bien hecho, hijo. Así es como florece el cuerpo.

Me acerqué a la silleta, acaricié un girasol y le dije en voz bajita, casi como un secreto:

—El año que viene, yo también cargaré la mía. ¡Pero no será tan grande!

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