De las cataratas del Niágara a Montana: historias de 2.000 km en ruta
Iniciamos la quinta semana de nuestro viaje en Hamilton, un suburbio de Toronto, mientras esperábamos que mejorara la calidad del aire afectada por los incendios forestales. El sábado en la tarde cayó un chaparrón muy fuerte que no duró mucho, pero alcanzó a limpiar el aire y notamos de inmediato una mejora en la picazón de los ojos y la garganta y hasta pudimos volver a ver un cielo azul pálido.

El domingo nos levantamos a las 5:00 de la mañana y salimos hacia las cataratas del Niágara. Yo tenía una deuda con ellas: las había fotografiado en otras estaciones, pero nunca en verano. ¿Podría ver la diferencia? Las primeras fotos en invierno las tomé hace dieciséis años. Las de otoño las hice hace tres. Esta vez las fotografié con los primeros rayos del sol, todavía un poco tímidos porque el cielo estaba nublado.
Las cataratas en invierno



Las cataratas en otoño



Un encuentro con Buda
Mientras Martín y yo disfrutábamos del hermoso espectáculo, pasó un hombre de unos setenta años en una silla de ruedas eléctrica. Llevaba un suéter oscuro, un chaleco reflectivo, una gorra desgastada y un par de muletas amarradas al costado de su silla.
—Me llaman Buda —nos dijo destapándose la cabeza y mostrándonos su calvicie reluciente.
Iba solo y nos dimos cuenta de que quería hablar. Tan pronto se sintió en confianza nos contó algunas anécdotas triviales y luego pasó a confiarnos sus secretos. Él había vivido 186 vidas durante más de tres mil años. Incluso, en una de las primeras, había sido un dinosaurio, y no cualquier dinosaurio: ¡había sido un triceratops!
Lo escuchamos con atención y mientras él hablaba apasionadamente, yo pensaba en esa necesidad innata que todos tenemos de narrar nuestras vidas y sentí que otro de los regalos que hemos recibido en este viaje ha sido tener el tiempo para detenernos y escuchar.
Esa mañana salí feliz con las imágenes que capté porque no solo me recordarían la belleza de ese amanecer, sino también la amplia sonrisa que nos regaló Buda al despedirse.
—I like you, Victoria —dijo, batiendo su mano mientras se alejaba.
Las cataratas en verano



La segunda oportunidad
El lunes muy temprano dejamos Hamilton y manejamos cinco horas por una autopista en construcción. En Canadá aprovechan los cortos meses del verano para reparar todo lo que no pueden hacer bajo la capa de nieve y la tierra congelada durante el invierno. Así que el viaje fue lento y monótono, y tuvimos que detenernos muchas veces para esperar a que nos dieran paso.
Cuando estábamos cerca de Greater Sudbury, Bonnie, nuestra anfitriona, nos envió las instrucciones para localizar la granja “The Second Chance” (la segunda oportunidad). Allí teníamos alquilada una habitación para pasar la noche. Su mensaje decía: “cuando veas un satélite, gira a la izquierda”. No sabíamos qué esperar hasta que encontramos una antena parabólica enorme y asumimos que aquella era la señal buscábamos.

Paul, el esposo de Bonnie, salió a darnos la bienvenida, seguido por sus tres perros y un gato.
La casa era muy linda y estaba llena de flores, pero los alrededores estaban repletos de objetos inconexos: maquinaria pesada, tractores, botes, casas rodantes, juegos infantiles, un transformador eléctrico capaz de dar energía a un pueblo y hasta una carroza antigua. Al ver nuestra cara de asombro, Paul nos explicó que él se dedicaba a la compra y venta de todos esos objetos, mientras Bonnie se encargaba del Airbnb. Creo que lo hacían más por enriquecer sus vidas que por el dinero.
Tenían la casa dividida en dos: su vivienda personal y una suite en el sótano para los huéspedes, con una sala con mesa de billar, microondas, libros y juegos de mesa, además de habitaciones muy cómodas y un baño excelente. Pero lo mejor fue sentir que estábamos en casa.

Durante nuestra estadía, Paul se tomó varias veces el tiempo para contarnos anécdotas de su propia vida, de su juventud, de su hijo y de su esposa. Pero también se interesó por nosotros: por nuestro viaje, por quiénes éramos y qué hacíamos.
Después nos llevó unos platos de pasta y un pan recién horneado por Bonnie. Fue la primera vez en años que me ofrecían un plato de comida en un Airbnb. Martín sí pudo disfrutar de la pasta y el pan. Yo, como no puedo consumir gluten, tuve que declinar su generosidad.
En mi vida diaria, cuando Martín y yo compramos los ingredientes y cocinamos, no siento las restricciones. Pero cuando debemos ir a un restaurante o a un café, siento que me enfrento a un mundo al que no pertenezco.
Al ir madurando, he desarrollado intolerancias a muchos alimentos que antes podía consumir libremente y que ahora mi cuerpo rechaza. Ha sido un largo camino de ensayo y error y, como dice uno de mis hermanos, es muy fácil invitarme a comer porque solo hay que brindarme agua y servilletas.
Cruzando la frontera
El cruce de frontera hacia los Estados Unidos en Sault Ste. Marie se convirtió en el punto de quiebre de la quinta semana. Nos obligó a reescribir la ruta por dos razones críticas: los incendios forestales seguían activos y bloqueaban el avance seguro por Canadá y, al avanzar hacia una zona solitaria, nos enfrentábamos a un vacío de recursos: la señal de internet casi nula y una escasez absoluta de restaurantes, hoteles y campamentos.

Esta semana recorrimos más de 2.000 kilómetros hacia el oeste; tras dejar atrás Ontario en Canadá, cruzamos la frontera en Sault Ste. Marie para atravesar los estados de Michigan, Wisconsin, Minnesota, Dakota del Norte y Montana en Estados Unidos.
Ha sido un recorrido extenuante, pero hemos conocido lugares que nos dejan recuerdos hermosos: los grandes lagos, de un azul zafiro tan profundo que costaba creer que se trataba de agua dulce y no del mar. Los bosques interminables de coníferas tan altas que formaban paredes oscuras a ambos lados del camino y, cuando los dejamos atrás, las praderas infinitas cubiertas de flores silvestres y girasoles.

En el camino disfrutamos de picnics en la playa, arepas al carbón a la orilla del lago Superior, cabañas diminutas y cocinas comunales. Al cruzar un pequeño puente vimos un aviso que me dejó sorprendida: era el río Mississippi. No podía creerlo, estábamos cerca de su nacimiento y apenas tenía unos pocos metros de ancho. Este era el mismo río que, al llegar al Golfo de México, forma un delta tan enorme que no se alcanza a ver la otra orilla.
El último día nos trajo sorpresas

Cerramos la semana con un día largo y caluroso y las temperaturas de más de 40 grados centígrados nos acompañaron sin darnos tregua desde la mañana. Empezamos con un recorrido por el Parque Nacional Theodore Roosevelt, donde atravesamos las tierras malas, o Badlands. Estas formaciones de arena y roca son desérticas y de ahí se deriva su nombre.



En el parque viven varias especies de mamíferos. Primero vimos los pequeños perritos de la pradera correteando entre los montículos de arena que construyen cuando excavan sus madrigueras en la tierra. Después vimos una gran polvareda que bajaba con rapidez desde la cima de una colina. Era una pareja de caballos salvajes que cruzó delante de nosotros. Al fondo del valle encontramos algunos bisontes descansando sobre la arena y bajo un calor asfixiante. Aunque permanecían inmóviles, sabíamos que podían ser agresivos y atacar sin previo aviso.


Terminamos el recorrido con más de 2000 km en la ruta y tomamos la autopista hacia Billings, nuestro destino final. Al atardecer vimos cómo una enorme tormenta se formaba ante nuestros ojos. Las nubes se oscurecían mientras las cortinas de agua a contraluz, dejaban ver los tonos dorados del atardecer. Yo empezaba a desesperarme porque, como fotógrafa, no podía resignarme a perder aquellos momentos únicos, pero no había una bahía ni un mirador donde pudiéramos detenernos para sacar la cámara.
De repente vi una salida y la tomé sin pensar si podría regresar a la autopista ni cuánto se alargaría el desvío. Una vez allí alcancé a ver los campos dorados donde acababan de recoger el heno, y la imagen que llevaba en mi mente se fue haciendo real detrás de mi lente. Los rayos del sol atravesaron las nubes y la tormenta nos regaló su luz. La ruta, una vez más, nos demostró que vale la pena detenerse a mirar.
Este es el recuento de la semana en video
Que belleza de narracion
Gracias Angela por escribir
Hermosas las cataratas
Gracias Irma
Cuanta belleza a su paso. Gracias por permitirme viajar con Usted. Es maravilloso. Abrazos.
Que lindo tu mensaje, gracias, un abrazo para ti también.
Que lindas las cataratas en el verano y que maravilla encontrar toda esa fauna silvestre en el camino y maravilloso tener el tiempo para escuchar a otros, que delicia seguir el
Viaje con Uds, como va la pintura? Y cuando oiremos la música de Martín?
La pintura sigue viajando sin poderla tocar, no hemos encontrado un lara donde pueda dedicarle tiempo. Y la música? Espero que pronto
Qué maravilla leerte, como siempre. Indignada, eso sí, porque no vi por ningún lado los nombres de los perros! Jajajaja
Solo recuerdo a Chewbacca, que es fácil saber cuál es de los tres. Pero como no recuerdo los otros dos, no quise hacerlos sentir mal.