Baños con vista, Posada a orillas del Orinoco

junio 23, 2025 Diario de viaje, Los lugares más hermosos de Colombia

Muchas veces creemos que un baño debe ser solo un cubículo cerrado, con la privacidad garantizada tras una puerta. Pero en mi vida nómada he encontrado “baños” tan memorables que no los olvido. Voy a compartirles uno de estos lugares. “especiales”.

Puerto Carreño, Colombia.

La ciudad de Puerto Carreño amaneció inundada y me desperté con el primer resquicio de luz que se colaba por debajo de la puerta. La lluvia golpeaba el techo de zinc y el agua se filtraba por las paredes y el piso de mi habitación. Empaqué mi mochila y salí caminando entre charcos cada vez más profundos, cuando el agua ya iba por encima de mis tobillos, temí que se metiera entre mis botas de caucho. Mis precauciones no sirvieron: pronto sentí mis medias empapadas y supe que no volvería a tener los pies secos en muchos días.

Al llegar a la calle, el agua corría con la fuerza de un río y me aferré a la mano de mi guía para no ser arrastrada por la corriente. Al fin, me subí a la camioneta que me llevaría rumbo al sur. Comenzamos a avanzar a tientas por una carretera de tierra que pronto desapareció bajo una laguna de lodo rojo. La visibilidad era casi nula, no se veía nada a través de los vidrios empañados por el calor y la humedad, y afuera una neblina espesa cubría la tierra. El guía, sin embargo, no vacilaba; parecía conocer cada curva de memoria.

La sabana inundable

Dos horas después, la lluvia cedió un poco y el cielo se abrió apenas para dejarnos ver una franja amarilla en el horizonte. Nos detuvimos y aprovechamos para hacer una corta pausa y estirar las piernas. Frente a mí se extendía la llanura infinita y aunque la temporada de lluvias apenas comenzaba, la tierra resquebrajada se abría como una esponja para absorber el agua donde aparecían los primeros brotes verdes en medio del barro.

Retomamos la ruta y serpenteábamos evitando los hormigueros de las termitas, las rocas y la escasa vegetación de matorrales bajos y árboles pequeños. Las zonas cenagosas y los arroyos poco profundos podíamos sortearlos sin problemas, pero al llegar a los ríos más anchos y caudalosos, encontrábamos la mata de monte, con árboles altos, palmas de moriche y plantas trepadoras que cubrían la selva haciéndola impenetrable. Allí ubicábamos el lugar exacto donde se encontraba el ferry, que podía variar dependiendo de las lluvias y del cauce del río. El ferry era una pequeña plataforma metálica impulsada por un motor fuera de borda que nos transportaba hasta el banco de la orilla opuesta.

El escudo guyanés

Al llegar a las extensas placas de roca del escudo guyanés, dejamos atrás la sabana para internarnos en sus mesetas, tepuyes y colinas rojizas surcadas por grietas profundas y pequeños canales excavados por la lava y el agua. En las fracturas de la piedra crecían enredaderas cargadas de flores blancas que se descolgaban sobre la roca oscura.

Al mediodía llegamos a orillas del Orinoco. Allí, bajo la sombra de árboles frondosos, una pareja de colonos había construido una posada sencilla, rodeada de orquídeas. Su casa era parada obligada para los viajeros del río. A espaldas de la casa había una enorme antena de telefonía celular que nunca funcionó y que frustró la esperanza de los escasos habitantes de la región de salir de su aislamiento. Doña Rosalba me invitó a la cocina mientras barría el piso de tierra, espantaba las gallinas que revoloteaban buscando insectos y lagartijas y preparaba el almuerzo: jugo de piña, sopa de yuca y pescado.

La casa tenía una cocina tradicional con grandes ollas de aluminio pulido y brillante, que colgaban de las paredes. La vajilla de porcelana estaba organizada sobre tablones de madera rústica y los utensilios, las jarras y vasos de colores estaban sobre las mesas.

Un baño con vista

Ella me llevó a conocer el hospedaje y al llegar al baño me señaló orgullosa:

—Aproveche, mija. Este es el último inodoro que va a encontrar en muchos días.

Y allí estaba: un cubículo de madera rústica, un sanitario con un balde de agua del río para descargarlo, el papel higiénico colgado de una cabuya y como cerradura, un viejo destornillador que hacía de pasador. Desde aquel baño rústico, con vista infinita al Orinoco, comencé un viaje que había soñado por años, haciendo el recorrido de Alexander von Humboldt y me llevaba en mis recuerdos una imagen para mi colección de “baños con vista”.

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