Baños con vista, los baños de mosaicos en Viento Solar

junio 25, 2025 Diario de viaje, Los lugares más hermosos de Colombia, Turismo de Naturaleza

En Viento Solar descubrí que un baño logra convertirse en un lugar mágico: puede ser poesía abierta al mar, a la selva y al cielo. Esta es la crónica de un viaje que me llevó a este refugio mágico en la costa Caribe de Colombia. Un baño sin cerraduras, rodeado de mosaicos, brisa marina y selva viva. Viento Solar me enseñó que la poesía puede esconderse en el lugar más inesperado.

Muchas veces creemos que los baños tradicionales, esos cubículos cerrados que nos brindan privacidad tras una puerta, son la única opción. Pero en Viento Solar no solo su nombre es poesía, sino también sus baños sin cerraduras, abiertos al cielo, al mar y a la exuberancia de la selva.

Desde la sierra hasta la costa

Al iniciar mi viaje en la Sierra Nevada de Santa Marta, en Colombia, descubrí que llegar hasta Viento Solar no sería fácil. Aunque ambos lugares están localizados en la costa Caribe, los separaban 430 kilómetros y ocho horas por una carretera que parecía no estar en muy buenas condiciones. La reserva Viento Solar está situado en una zona muy aislada, en el departamento de Córdoba, y me tomó tiempo y paciencia encontrar un conductor que quisiera llevarme. La noche antes de mi viaje apareció un voluntario y salimos a las cinco de la mañana.

Abrí la ventana y me emocioné al sentir la brisa en mi cara. Cerré los ojos y me llegó el aroma del mar, de las algas y de los árboles de matarratón, usados como cercas vivas en muchas de las carreteras de tierra caliente en Colombia. Sus flores rosadas desprendían un perfume que me devolvió a la infancia.

Mis recuerdos de Infancia

Empezó a clarear. Al cruzar el puente Pumarejo sobre el río Magdalena, los recuerdos brotaron y me dejé llevar por ellos. Cuando era niña, mis papás, mis cuatro hermanos y yo viajábamos en un Chevrolet modelo 1954. Al llegar al río, debíamos esperar en fila para tomar el ferry porque aún no existía el puente. Era una espera que podía durar horas, bajo una temperatura sofocante.

El calor convertía los asientos de vinilo en planchas ardientes y pegajosas. Desde el camino de tierra se levantaban nubes de polvo, humedad y moscas que entraban por las ventanillas abiertas y se pegaban a nuestra piel sudorosa. Mis hermanos y yo nos peleábamos por asomar la cara por las ventanas, buscando una leve corriente de aire tibio que, aunque inútil, parecía un consuelo. Entre el polvo también se colaba el olor de las arepas de huevo, el bollo limpio y las carimañolas que los vendedores ambulantes ofrecían a gritos.

Apretados en el asiento trasero, soñábamos con la brisa del mar y el momento en que, al fin, la proa del ferry nos alejaba de esa espera asfixiante y nos llevaba a la otra orilla.

Rumbo a Río Cedro

Dejé atrás mis recuerdos mientras cruzamos el río en un par de minutos y seguimos nuestro camino hacia el occidente. Los primeros kilómetros pasaron sin problemas, pero luego tomamos una ruta angosta, llena de curvas y en muy mal estado: huecos, baches y animales atravesados en la vía. Cruzamos el municipio de Moñitos y al avanzar hacia Río Cedro, dejamos atrás el pavimento. El camino se convirtió en trocha. El barro y el agua estancada hacían nuestra travesía muy lenta. Mi conductor quiso dejarme allí, en medio de la nada y me costó convencerlo a continuar prometiéndole un buen almuerzo al llegar.

Al final, llegamos a Río Cedro. El sol caía a plomo y la brisa parecía estar tomando una siesta al igual que los habitantes del lugar. No se movía una hoja y el pueblo parecía deshabitado. Solo perros y gallinas deambulaban por un par de calles ardientes y solitarias. Allí me esperaba otra sorpresa: La reserva estaba a más de dos kilómetros y para llegar a ella debía ir en motocicleta porque no había carretera.

—No se preocupe, doña —me dijo mi nuevo guía, sonriendo—. ¡Será un viaje inolvidable, le va a encantar!

Motocross en la selva

Y sí que lo fue. Nunca me había subido a una moto y les tenía terror, pero allí no había otra opción. Después de ocho horas de viaje, mi conductor de Santa Marta ya se había regresado. No podía quedarme sola en el pueblo y debí conseguir dos motos: una para mi equipaje y mis cámaras y otra para mí. Iba abrazada al joven guía, que me llevó por lo que solo puedo describir como una pista eterna de motocross.

Atravesamos el bosque, subiendo y bajando por pasos tan estrechos y empinados que las ramas nos rozaban la cara y los brazos. Volábamos sobre charcos y pantanos, zigzagueamos por la playa entre las olas y los troncos arrastrados por el mar, cruzamos puentes angostos con tablones rotos. Cuando yo protestaba por la velocidad, mi guía me decía: —Si fuéramos más despacio, la moto se hundiría.

Viento Solar

Más de la mitad del trayecto lo hice con los ojos cerrados. Cuando podía abrirlos, veía mariposas multicolores, hongos fantásticos, enredaderas abrazando troncos gigantes y al final, el mar Caribe rompiendo contra la selva. Al llegar a tierra firme, me di cuenta del lugar maravilloso donde estaba. Todo el estrés de las últimas 24 horas desapareció como por encanto.

Me recibió la Mona Posada, creadora de este refugio poético, con su amplia sonrisa y un abrazo cálido. Ella me dio la bienvenida y caminamos entre ese laberinto de colores, donde la arquitectura orgánica y abierta se entrelaza con la naturaleza: jardines, mosaicos multicolores, pinturas de aves y jaguares, artesanías que artistas y viajeros han ido dejando como huella viva durante más de treinta años.

Los senderos

Recorrer los senderos de la reserva fue una experiencia que repetí día tras día, explorando y descubriendo con mis cámaras, ese mundo vasto y generoso. El bosque seco tropical se renueva en dos estaciones: la lluviosa y la seca. Los árboles pierden sus hojas, alfombran el suelo con hojarasca y se llenan de flores; la humedad permite que crezcan hongos de formas y tamaños inverosímiles. La abundancia de néctar, frutos, flores y semillas atrae aves migratorias, monos aulladores, ardillas, osos perezosos y una legión de insectos. La comunidad local es quien protege y cuida este paraíso.

El jardín

Los hongos

La Mona me asignó una cabaña de madera rústica, techos altos de palma y sin puertas. Desde la cama veía el mar y la luna. Dormía escuchando las olas y sintiendo la fuerza de las tormentas que iluminaban la noche y agitaban los velos de mi mosquitero. Cada mañana me despertaban los monos aulladores, los periquitos y los carriquíes, mientras la brisa tibia me regalaba la primera luz del día.

Los baños

Y allí descubrí el tesoro de este lugar: sus baños. Creaciones de la Mona, decorados con mosaicos hechos de cerámica rota y vidrios de botellas que van dejando los viajeros. En Viento Solar no hay recolección de basuras, ni acueducto, todo se recicla. El agua lluvia se recoge y se guarda como un regalo y nada se compara con un baño de totuma cuando el calor agobia.

Los inodoros son para todos los gustos: algunos privados, otros compartidos, unos abiertos a la selva, otros escondidos entre las flores. Así entendí que en Viento Solar un baño no es solo un retrete: es un espacio íntimo para celebrar la poesía del agua, la brisa y la selva.

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