Un baño entre árboles y estrellas

junio 30, 2025 Diario de viaje, Fotografía de naturaleza, Los lugares más hermosos de los Estados Unidos

Un baño entre árboles y estrellas: un instante suspendido en el bosque, donde el agua caliente, el canto de los pájaros y la noche estrellada se funden en un momento mágico.

Cuando crucé la frontera entre Nevada y California, el desierto me trajo muchas sorpresas. Este era un ecosistema nuevo para mí. Nací en Colombia, en el trópico verde y húmedo, y al recorrer estas zonas áridas e inhóspitas me sentía transitando a través de las entrañas de la tierra. Mientras me dejaba absorber por la belleza de ese paisaje infinito, vi a lo lejos grupos de automóviles, tráileres y casas rodantes perdidos en la inmensidad del desierto. Al principio no entendí quiénes eran ni cómo podían vivir allí, aislados, sin agua, gasolina ni comida.

Un libro muy oportuno

Algunas veces los libros nos llegan en el momento indicado y una amiga me envió País Nómada (Nomadland), de Jessica Bruder. La protagonista, Linda May, tenía exactamente mi edad, sesenta y cuatro años, y las dos habíamos ingresado a la vida nómada por la misma razón: por falta de opciones. Mientras yo leía, cada noche, las vívidas descripciones de esos grupos errantes que se reunían en el desierto al sur de California durante el invierno, yo iba recorriendo las mismas carreteras polvorientas, con la sensación dolorosa de saber que estas personas se habían unido en la desgracia y no tenían más futuro que reunirse para sobrevivir.

Sentí que entre ellos y yo existía un puente invisible. Compartíamos el peso de la soledad, el desarraigo, el miedo a enfermar y envejecer solos, y el anhelo de libertad. Pero mis raíces se hundían en otra tierra, con otro lenguaje y otras costumbres. No compartíamos esos códigos invisibles que crean una tribu. Así que solo podía mirarlos desde lejos, sin encontrar un lugar en su hoguera.

Seguí mi camino al norte, entre las rocas de mil colores y formas que me recordaban cuando era niña y miraba las nubes con mi madre, acostadas sobre la hierba, tratando de descubrir los seres que el viento iba dibujando. Crucé tormentas de arena que oscurecían el cielo azul cubriéndolo de tonos rojizos y densos; me sumergí en la niebla espesa de las playas infinitas, donde sentía que levitaba en un mundo etéreo. Subí a las altas cumbres de la Sierra Nevada con sus crestas de hielo, y atravesé los bosques oscuros donde las secoyas milenarias se pierden en las alturas.

La Ruta Uno

Al llegar a la costa tomé la legendaria Ruta Uno, que se desliza junto al mar y los acantilados caían verticales hasta un océano que rugía varios cientos de metros más abajo. Desde los miradores observé una gran colonia de elefantes marinos y la migración de las ballenas, lanzando sus altos chorros de vapor a lo lejos. La fuerza de la naturaleza, tan cercana y viva, me acompañó el resto del camino hasta el bosque donde descubriría el baño más insólito y hermoso de mi viaje.

Uno de los cruces del camino me llevó a una granja perdida entre las suaves colinas cubiertas de viñedos. Allí me alojé en una cabaña de troncos, construida a mano por el dueño muchos años atrás. Tenía una cama espaciosa, una chimenea, una estufa de hierro y un viejo closet convertido en retrete. En las noches escuchaba el balido de las cabras anunciando un nuevo nacimiento, el canto de los gallos y el murmullo del bosque.

La bañera escondida en el bosque

Pero lo que más me marcó fue el baño. El dueño, con una sonrisa, me llevó a un claro y me mostró lo que se convertiría en mi lugar favorito: una bañera de porcelana blanca, anclada entre los árboles, con una simple cortina que el viento juguetón no tardaba en levantar.

Un baño entre árboles y estrellas en un bosque de California

El primer día quise cerrar la cortina por pudor, pero el viento la alzó, como invitándome a mirar el cielo. Así que la até al tronco de un roble y me rendí al momento. Me sumergí en el agua caliente mientras los venados pastaban a mi lado, las gallinas picoteaban en la hierba y los pavos reales se acercaban curiosos. El vapor se mezclaba con el aire fresco y el canto de los pájaros y la noche encendía sus estrellas sobre mí.

Allí entendí que, a veces, la naturaleza nos regala el lujo más grande: el de ser parte de ella, sin muros, ni puertas. Un baño en un lugar mágico, que, con solo recordarlo, me llena de emoción.

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