Asombro, mi viaje a través de la naturaleza

mayo 30, 2024 Asombro, Libro

Capítulo 1

Una aventura no planeada

El día que se colocaron los avisos de venta de mi casa se decretó la pandemia. Fui ingenua, como todos, al pensar que la cuarentena sería un evento pasajero. Asumí que este virus sería contenido y eliminado, pero no fue así. Para mi sorpresa, la casa se vendió en menos de una semana y aunque en un sentido fue una buena noticia, me encontré sin un lugar dónde vivir. Los planes que había preparado y que fueron factibles antes de la cuarentena quedaron eliminados, sólo sabía que tenía un par de semanas para salir y para darle sentido a las pocas opciones que me quedaban.

La vida que conocía se me escapó en un instante. Con impotencia comprendí que no podía cambiar ni detener los acontecimientos que me arrastraban a un futuro desconocido e incierto. De repente, y cuando menos lo esperaba, en el lapso de tres años mis padres murieron, mis hijos crecieron y volaron tras sus sueños y a comienzos del 2020, mi esposo escogió su propio camino.

Nunca pensé que terminaría viviendo sola, o tal vez sí, pero al final de mis días, no cuando sentía que todavía estaba en la mitad de mi vida y tenía tantos deseos de vivir y disfrutar. Mi casa, la que por tantos años estuvo llena de niños, risas y música se quedó sin vida y sus habitaciones vacías sólo me recordaban que debía ponerme en marcha.

Sabía que no era el momento de hacer planes a largo plazo, necesitaba ir paso a paso y organicé una rutina interminable de limpieza, de trayectos al basurero y a los centros de donaciones y de reciclaje. Cambié con mis propias manos las cerraduras, lámparas y pisos, pinté con frenesí paredes, puertas y techos para no pensar, para no llorar. Lo único que tuve claro en ese momento es que adonde fuera a ir, tendría que ir ligera de equipaje.

Mientras revisaba mis pertenencias tenía la certeza de que los objetos que yo misma había atesorado habían perdido su valor, y esto me dio la fortaleza para deshacerme de ellos. Muebles, juguetes y fotografías, trofeos, diplomas, balones, dinosaurios y muñecas, en un desfile interminable, se llevaron entre mis lágrimas los trozos de una vida que ya había desaparecido. Mi futuro era tan incierto que no lograba vislumbrarlo. Un manto blanco cubría mis ojos cuando trataba de encontrar respuestas y me era imposible darle algún tipo de sentido a ese mundo que se desmoronaba.

Al final, la casa vacía me fue llenando de paz. Fue un sentimiento inesperado, a la vez extraño y maravilloso. Sólo tenía una colchoneta sobre el piso, una orquídea florecida y dos libros al lado de mi almohada. Ese día me di cuenta de que ya no había marcha atrás. Hasta ese momento, los cambios habían ido llegando a mi vida y había tratado de fluir con ellos, pero de ahí en adelante entraría en un torbellino que me llevaría a vivir de una manera que nunca había imaginado.

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Capítulo 2

La naturaleza era un juego de niños

Cuando yo era pequeña pasé muchas horas escondida en una gran planta de bambú jugando a las muñecas o dibujando. Era mi palacio de los sueños, al que sólo yo tenía acceso, porque únicamente alguien de mi tamaño podía deslizarse entre sus apretadas cañas. Entrar allí era trasladarme a un lugar asombroso, donde el suelo tapizado de hojas secas crujían bajo mis pies y los verdes y brillantes tallos brotaban buscando la luz. La densa cúpula de hojas largas y delgadas filtraban los rayos del sol mientras la brisa las arrullaba produciendo un leve y rítmico murmullo. Dentro de mi bambú vivían tantas aves que me era imposible escuchar los sonidos del mundo exterior. Sólo sus cantos, el viento y los estridentes sonidos de las cigarras acompañaron mis juegos. En esa época nunca supe lo afortunada que era de tener ese maravilloso lugar para jugar. Muchas de las aves que anidaban allí eran tan cotidianas para mí que, años más tarde, cuando comencé a viajar y me di cuenta de que no existían en otros lugares, me quedé sorprendida.

Mi precioso palacio verde estaba localizado en un valle entre las montañas de los Andes de Colombia. Allí mi mamá cultivaba con paciencia y amor su jardín de flores, donde venían a revolotear y a alimentarse muchas especies de colibríes y donde la florescencia de los guayacanes que se presentaba dos veces al año llamaba a las aves migratorias a libar entre sus fragantes y doradas flores amarillas.

En esos primeros años tuve muchas experiencias que fueron gestando mi amor por la naturaleza. Mi mamá creó para mis hermanos y para mí, un sorprendente museo de frascos de mermelada y mayonesa. Allí germinamos fríjoles sobre una capa húmeda de algodón, donde las raíces rompían la semilla, el tallo comenzaba a crecer y los mágicos zarcillos se enrollaban como pequeños resortes, buscando donde apoyarse. Las hojas iban brotando una a una, luego venían las diminutas flores y las abultadas vainas verdes y lustrosas. Otros frascos servían de vivienda temporal a las hormigas donde, a través del vidrio, podíamos ver extasiados cómo cargaban sus huevos y alimentos por los túneles que construían. También teníamos una colección de orugas a las que alimentábamos con sus hojas favoritas hasta que construían las crisálidas. Cada día las vigilábamos emocionados, esperando el momento en que rompían sus diminutos sacos y las frágiles mariposas con sus alas todavía húmedas se preparaban para volar. Íbamos a un lago cercano a pescar los huevos de ranas y sapos y veíamos salir los diminutos renacuajos que desarrollaban una a una sus patas y perdían la cola, y cuando terminaban su metamorfosis los llevábamos de regreso al lago.

Aún puedo sentir la hierba húmeda bajo mis pies descalzos, mientras correteaba tratando de atrapar las luciérnagas luminosas, antes de que desaparecieran en la oscuridad. Y puedo verlas brillando entre mis dedos, mientras las colocaba con mucho cuidado en un frasco cubierto con un pedazo de tela y una banda elástica. Corría con ese fantástico farol que titilaba con su luz fosforescente hasta llegar a los brazos de mi abuelo, quien me pagaba un centavo por cada una, antes de soltarlas de nuevo en el jardín.

Esas primeras experiencias dejaron una huella profunda en mi vida y nunca pensé que muchos años más tarde serían las que me rescatarían del caos, me impulsarían a dedicar la totalidad de mi tiempo al contacto estrecho con la naturaleza y serían un bálsamo para mi corazón roto. Hay relaciones que se rompen porque se acaba el amor, estas son más fáciles de superar, pero en mi caso no fue así. Mi pérdida fue profunda y dolorosa y la tristeza me inundó, creando una herida que no sanaba y que no podía arrancar de mi mente. Sentí que era algo que tenía que vivir yo sola y por dentro, que no podía expresar, porque la pérdida de una relación lleva implícito el fracaso, la culpa y la equivocación. Es algo que debe esconderse, que no tiene un duelo hacia afuera, como cuando alguien fallece, sino que, por el contrario, debe cargarse a escondidas porque es un dolor molesto y del que no se habla.

Al remolino de emociones con las que dejé mi vida anterior, en las que la pérdida de mi relación de pareja fue la más dolorosa y la que desencadenó todas las demás, se sumaron el perder a mis amigas, mi vecindario, mi casa y todo los recuerdos que se almacenaban entre sus paredes. El mural que pinté para mi hijo, los recuerdos escolares, la cocina donde compartimos sabores y risas, mis dos gatitas que fueron mis compañeras por más de diez años y quienes dormían ronroneando a mi lado. Las amplias ventanas a través de las cuales veía los venados, las aves, las tortugas, las ardillas y los conejos pasearse tranquilamente, mientras se alimentaban de mis flores y hortalizas.

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Comentarios

3 respuestas a “Asombro, mi viaje a través de la naturaleza”

  1. Puedes decir algo como:

    Quería decirte que tu manera de escribir es increíblemente amena. Logras que uno se sienta parte de la historia y viva cada detalle que describes. ¡Es un verdadero placer leerte!»

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