Al otro lado de la frontera
Cruzar al lado sur de la frontera era un enigma. Mientras estuvimos recorriendo Canadá y Estados Unidos, sentí que de cierta manera el viaje era previsible. He vivido casi la mitad de mi vida en los Estados Unidos y conozco los códigos al igual que el idioma. Aunque visitar lugares específicos que no conozco me emociona muchísimo, sabía y al mismo tiempo me inquietaba lo que sería el viaje a partir de la frontera con México.

Lo sentía como un gran interrogante. Nunca había viajado a México por tierra y en mis cortas visitas anteriores solo estuve en Ciudad de México y en Playa del Carmen. La frontera terrestre me intimidaba porque solo sabía lo que había leído o lo que había visto en el cine.
Pero a la vez, es un país al que siempre sentí cercano. Crecí con la televisión y el cine mexicano, escuchando y cantando rancheras y boleros. Tenía muy claro que para el desayuno comían huevos rancheros y chilaquiles, aunque nunca los hubiera probado, porque eran los referentes de Cantinflas en sus películas.



Mientras empacábamos el Atlas al sur de California y jugábamos al Tetris con nuestro equipaje, estuvimos debatiendo hasta la noche anterior si debíamos cruzar por Tijuana o Mexicali. A la medianoche decidimos que iríamos por Tijuana.
Al acercarnos a la frontera, la autopista nos fue envolviendo en una espiral donde las filas de automóviles y camiones se iban reduciendo en un desorden tremendo. Nadie quería dar paso y las líneas desaparecían en un caos absoluto para que todos entráramos en un embudo y pudiéramos pasar por las cámaras de seguridad.

Llevábamos los documentos a la mano y nos sorprendió que nunca nos los pidieron, pues la policía migratoria escogía al azar a quienes iba a requisar. Habíamos escuchado que Baja California era un lugar con un estatus especial por el hecho de ser americanos. Pensé en lo difícil que sería desempacar y volver a organizar todo el equipaje, por lo que deseaba con fuerza que no fuéramos los elegidos. Por suerte pasamos de largo y cuando nos dimos cuenta estábamos en un puente elevado altísimo que nos sacó de la ciudad. Al ir conduciendo, veía cómo varios metros más abajo estaba el famoso muro que separa a ambos países y que rompe como una herida lo que por cientos de años fue un solo territorio.

No conocimos Tijuana. El puente nos llevó lejos y solo nos detuvimos en un pequeño restaurante dentro de un estacionamiento. Era un rancho de madera y paja con una cocina y bajo las guirnaldas de papel picado nos recibieron con una gran sonrisa un par de mujeres. Sentimos como si hubiéramos llegado a nuestra propia casa. Nos trajeron una gran porción de salsa y, a pesar de que nos gusta el picante, en especial a Martín, esta salsa nos ganó la batalla. Eso sí, los tacos y los burritos estaban deliciosos.
Un mundo cercano y a la vez desconocido
Seguimos conduciendo hasta la ciudad de Ensenada donde buscamos un hotel para pasar la noche. Allí empezaron algunos de los tropiezos con los que no contábamos: se fue el agua, se cortó la energía y nos quedamos sin aire acondicionado. Luego volvió el agua, pero tan oscura que parecía Coca-Cola, no nos pudimos bañar ni cepillar los dientes.


Nuestro segundo día lo iniciamos con un almuerzo de mariscos de proporciones apoteósicas y, aunque hicimos nuestro mejor esfuerzo, no fuimos capaces de terminarlo. Seguimos al sur hasta San Quintín, un pueblo fundado por un par de compañías dedicadas al transporte de pieles de nutrias marinas destinadas a Rusia y Estados Unidos. Las compañías quebraron a comienzos del siglo diecinueve, pero el pueblo prosperó dedicándose a la pesca de ostras.
Llegamos tarde y buscamos un hospedaje. En Airbnb encontramos un apartamento, pero al llegar vimos que el lugar parecía estar en construcción. Martin y Carter tuvieron que saltar por una reja, para abrirme la puerta del estacionamiento ubicado en la parte de atrás de la casa. El espacio era un lote lleno de escombros y tan estrecho que tuvimos que cerrar los espejos y confiar en no rayar la pintura del Atlas.
Luego subimos por unas escaleras sin pasamanos que daban al vacío, afortunadamente el lugar en sí estaba limpio. Tenía dos espacios conectados, uno para dormir y el otro era una cocina diminuta que no usamos. Martín y Cárter se fueron a comer tacos que luego describieron como los mejores que habían probado en sus vidas. Yo me comí un mango que venía guardando y me senté a escribir las historias y peripecias de la semana anterior, y a editar las fotografías. El espacio no tenía aire acondicionado y hacía un calor terrible. Dormimos con la ventana abierta a la carretera donde el tráfico pesado remecía las camas y el ruido y el humo terminaron siendo parte de la experiencia que no estaba en la descripción de la aplicación.
Terminé de escribir en la mañana. Siempre me despierto temprano y mientras los chicos duermen yo trabajo en mis tareas. Cada semana me propongo ser más eficiente, pero no he podido. Me toma varias horas recoger los escritos de mi diario, escribir, leer, editar y reeditar, primero en español y luego en inglés. Muchas veces me ha tocado pasarme la noche casi entera trabajando para poder publicar cada domingo a la hora indicada, pero para mí este relato es casi tan importante como el viaje mismo.
A la mañana siguiente la primera parte del camino la recorrimos por una carretera muy estrecha y con mucho tráfico pesado de camiones. Fue muy estresante porque la carretera no tenía berma e iba elevada, así que pasábamos rozando a quienes venían en sentido contrario. No había espacio para el error porque a un lado estaba una zanja profunda y en el otro los camiones, los cuales tampoco cabían en su carril y sus llantas pisaban la línea amarilla del centro.
Manejamos despacio. Las cruces y los monumentos funerarios al lado del camino, junto a los pedazos de latas y parachoques diseminados en las cunetas, nos recordaban que debíamos ir con cuidado y paciencia, a pesar de que la carretera era recta e invitaba a manejar por encima del límite.

Nos detuvimos un par de veces a ver aquel paisaje alucinante, pero entre esa belleza había demasiada basura: latas, escombros, vidrio quebrado, plástico, cartón y papel que nunca se deshacía por la falta de lluvia en el desierto. A lo largo del camino el entorno era un vertedero, algo deliberado y a gran escala que se había acumulado a través de los años. Y no estaba solo al borde de la carretera sino también adentro, ya que podíamos internarnos entre los cactus y encontrábamos basura a más de cien metros.



Al avanzar el paisaje se fue haciendo cada vez más agreste y maravilloso. Los cactus tenían todas las formas imaginables y algunos estaban cargados de flores y frutos. Varias veces nos detuvimos a caminar entre ellos. Nunca había estado en un lugar así y quería atrapar cada detalle, cada espina y cada textura con mi cámara y con mi memoria.
Sé que en unos días este lugar será solo un recuerdo. Únicamente guardando las imágenes y escribiendo sobre lo que veo al igual que sobre las emociones que tengo al estar aquí, podré preservarlo.









La vida entre las rocas
La carretera nos llevó a través de montañas de roca sólida, unas con laderas suaves y otras que parecían hechas de piedras amontonadas como si alguien las hubiera lanzado desde arriba. Vimos unas montañas rizadas con sus cimas dentadas o terminadas en punta en forma de cono, al igual que otras con sus cúpulas planas.
En ese mundo de piedra encontramos un camino de arena con un aviso que decía “Cactus Camp” y entramos a explorar. Era una trocha de arena muy rizada que hacía temblar al Atlas como si tuviera espasmos. Fuimos con cautela, pero sorprendidos por la belleza del lugar. Las siluetas lejanas de las montañas parecían fantasmas flotando entre la luz brillante del final de la tarde.

Algunos tramos solo tenían cactus, pero otros estaban dominados por unas piedras gigantescas, redondeadas y en tonos blancos y rosados. Decidimos acampar allí porque el lugar era tan apartado de la civilización que sabíamos que sería una noche espectacular.
Allí también tuvimos un encuentro sorpresivo con una hembra coyote






Tomé mi cámara y esperé entre los cardones 🌵 y las rocas bajo la dorada luz del atardecer. Describir los colores y cómo fueron cambiando es muy difícil de expresar con palabras, por lo que me sentí muy agradecida de tener mis cámaras conmigo. Una vez se puso el sol, la luna creciente comenzó a brillar como una línea cóncava entre los vibrantes tonos del crepúsculo. Unos minutos después, Venus apareció a su lado.
El cielo pasó del amarillo al naranja, luego al púrpura y finalmente a un índigo oscuro. La luna empezó a descender hacia el horizonte y se tornó naranja. El aire era tan limpio que alcancé a ver cómo la sombra también brillaba como si se tratara de un eclipse.

Mientras oscurecía, la Vía Láctea comenzó a brillar, yo estaba emocionada hasta las lágrimas y a lo lejos podía escuchar a Carter rasgando su guitarra y tarareando. Tomé algunas fotografías y esperé a que el cielo hacia el suroeste se oscureciera más.

Busqué Andrómeda que apenas se veía como una pequeña mancha brillante en la pantalla de mi lente gran angular, pero lo suficientemente brillante para distinguirla. Tuve la suerte de atrapar un meteorito también.
El Amanecer
Pasé un par de horas moviéndome por el lugar y disfrutando de esa noche fantástica. Luego fui a mi carpa y apagué la lámpara. Me recosté a contemplar el cielo a través de la malla de la tienda y me dormí hasta que el cielo empezó a aclarar y las abejas zumbaban a mi alrededor.



Salí a disfrutar de esos últimos momentos únicos, me paré sobre una roca y esperé. Grabé y fotografié la salida del sol sobre aquel campo infinito de cardones, los cactus gigantes de Baja California.
Lo que esconde la tierra
Desarmamos el campamento y llegamos a una intersección de caminos donde encontramos lo básico: agua, café, huevos rancheros y gasolina. No era una estación normal con sus surtidores, sino un letrero pintado a mano que decía: Gasolina. Vendían el bidón de cinco galones por $675 pesos mexicanos. El dueño del negocio vivía en una casa rodante destartalada al borde de la carretera y desde allí mismo manejaba su negocio. Pasó la gasolina a nuestro tanque con una manguera y un sifón.


Unas horas más tarde llegamos a la frontera entre Baja California y Baja California del Sur. Son dos estados diferentes y fue algo que aprendí al llegar al puesto de inspección sanitaria, donde nos cobraron $30 pesos por fumigar el carro. Nunca supimos por qué lo iban a fumigar, nos entregaron el recibo y no lo realizaron. Llegamos a Guerrero Negro, una población famosa por el avistamiento de ballenas grises en la temporada de fin de año, pero en septiembre, según nos dijeron, “no había nada que hacer”. Así que investigamos y descubrimos sus mejores secretos al revisar el mapa.






Empezamos por el salar, que no era lo que había imaginado por los que ya conocía, no era una superficie blanca y plana llena de hexágonos. Este era rosa pálido y cerca de las orillas la capa sólida estaba rota y se habían formado unos pozos de agua tan transparente que reflejaban el cielo de un azul intenso. Sus bordes eran de cristales blancos de sal. Esa combinación de colores y texturas hacían que este lugar pareciera una pintura y no un mundo real.
Seguimos bordeando el salar y llegamos a una zona con una cerca metálica y una caseta de vigilancia. A lo lejos vi una montaña tan blanca que parecía un témpano de hielo, aunque con ese calor aquello resultaba imposible. El vigilante se acercó, era un hombre mayor de piel tostada por el sol y los años.
—De aquí no pueden pasar, solo pueden entrar en el tour, pueden dar la vuelta y regresar más tarde —nos dijo extendiéndome una tarjeta.
Le pedí permiso para pasar a hacer un giro y alcancé a ver al otro lado del mar unas dunas de arena blancas. Me bajé a hablar con el hombre.
Él insistió:
—No los puedo dejar pasar —y revisando en el bolsillo de su pantalón sacó unos imanes para la nevera y continuó diciendo —cómpreme estos.
Me enseñó unos con fotografías de camiones, grúas y maquinaria pesada trabajando en el salar. La verdad, si hubiera tenido uno de aves, de la montaña de sal o de las dunas, tal vez se lo habría comprado, pero la maquinaria no me entusiasmó. En lugar de comprarle, le pregunté su nombre.
—Martín y esta es “Gorda” —dijo presentándonos a su perrita color caramelo y de raza indefinida, quien nos saludó moviendo su cola.
Nos reímos por la coincidencia de los nombres con nuestro Martín y le pregunté por los nidos que estaban sobre los postes de los cables eléctricos.
—Son cuervos —me respondió sin dudarlo.
Me sorprendí, el nido era enorme y de palos, no correspondía con los nidos de los cuervos. Saqué mi cámara y comprobé que quien descansaba en uno de ellos era efectivamente un cuervo.
—El nido es del águila pescadora —continuó Martín el viejo —, ellas ahora no están. Cuando vienen, los cuervos les roban los huevos y yo les doy pan Bimbo y tortillas, pero la Gorda los espanta para comerse las tortillas.

Me reí al imaginarme la escena completa. Un hombre solitario en una caseta de vigilancia, un ermitaño en medio de un paisaje alucinante que conocía el ciclo de las aves migratorias y compartía su vida con ellas y con su alegre “Gorda“.
—Les voy a decir dónde pueden ver unas dunas sin pagar —nos dijo en un susurro, como si alguien fuera a escucharlo en aquella inmensidad.
Nos dio las señas, nos despedimos y continuamos nuestro camino: 4.5 kilómetros por un sendero rizado que casi destruye al pobre Atlas. Tuvimos que ir tan lento que nos tomó más de media hora atravesarlo. A nuestra izquierda estaba el mar y a la derecha un basurero monumental, casi cinco kilómetros de desechos diseminados en la tierra seca e inhóspita, a pesar del gran aviso de NO ARROJAR BASURA que había a un lado del camino. Imaginamos que eventualmente toda aquella basura llegaría al mar.
Seguimos tratando de encontrar una entrada a las dunas porque, aunque estaban cerca, no podíamos cruzar sobre los pozos de un humedal. Mientras yo exploraba con mi cámara, Martín y Cárter encontraron una trocha entre el barro y la arena. Decidimos tomarla y en caso de que viéramos que no era segura echaríamos marcha atrás, pero la tentación de acercarnos a aquellas moles de arena blanca era un imán al que no nos podíamos resistir.
Una vez más agradecí estar con mis chicos. Este era uno de esos lugares a los que no me hubiera atrevido a visitar estando sola. Afortunadamente no tuvimos problema para llegar al corazón mismo de las dunas porque la arena estaba firme y seca.









Cárter y Martín retozaron como cachorros sobre las imponentes montañas blancas corriendo y deslizándose mientras yo fui a deleitarme con mi cámara. La arena era suave y volátil, las ráfagas la hacían volar y acomodarse dándole vida propia a las dunas. El cielo azul infinito contrastaba con ese mundo blanco y sin sombras.
Una vez saciados de tanta belleza, retomamos el camino hacia el mar de Cortés, al extremo oriental de la península.
Primer retén policial
Hasta ese momento, Cárter no había conducido y pensamos que tal vez era la oportunidad de que ensayara su primera aventura en estas carreteras tan diferentes a las que él estaba habituado. Pero sobre todo nos causaba un poco de estrés que su condición de “gringo” pudiera exponernos con la policía, de la cual nos habían advertido tanto.
Ya habíamos pasado varios retenes militares sin ningún problema. No nos habían requisado y el hecho de ser y hablar como colombianos nos abría puertas.
Pero con Cárter al volante, la suerte cambió. Unos minutos después de que se sentó a manejar nos hicieron bajar para una requisa. Cárter, quien nunca en sus veinticuatro años había sido requisado, no sabía qué se esperaba de él. El policía preguntó por qué estaba tan nervioso y le expliqué que él no entendía qué era una requisa. Mientras tanto, Martín acompañaba a otro oficial a revisar el carro, de repente lo vi con mi billetera en la mano contando los billetes. Yo traía unos cuantos dólares canadienses y americanos, y pesos mexicanos y hasta colombianos. No era una fortuna, sino lo mínimo para pagar las comidas y la gasolina de bidón cuando fuera necesario.
A pesar del miedo que sentí el policía devolvió todo a su lugar y no tocaron, ni me pidieron soborno. Eso sí quería que les hablara en “paisa” para comprobar si era verdad que veníamos de Colombia. Luego empezaron a bajar todo nuestro equipaje, las cámaras y los instrumentos. La viola de Martín no les causó curiosidad, pero el estuche de la guitarra sí, por lo que preguntaron de inmediato si traíamos armas.


Para cerciorarse de que la guitarra no tenía problema, Cárter tuvo que tocar allí en medio del desierto. Fue una escena completamente surrealista: el equipaje desparramado sobre la arena y Cárter tocando su guitarra todavía tembloroso ante la mirada de los oficiales.
El mar de Cortés
Respiramos tranquilos y seguimos nuestra ruta hacia la Reserva de la Biosfera El Vizcaíno. El paisaje se volvió cada vez más verde hasta llegar a un oasis gigantesco dominado por tres volcanes: El Viejo, El Azufre y el de La Virgen. Este último, el más grande de los tres, tiene más de dos mil metros de altitud y es una montaña imponente. Ese día tenía una hermosa nube blanca atrapada sobre su cráter.

Mientras las demás nubes se movían con el viento, esta se mantuvo en su sitio. Yo quería detenerme a fotografiarla, pero como en la mayoría de las carreteras que hemos recorrido, no existen miradores y no hay ni siquiera una berma. Pasamos por humedales y lagunas donde vi garzas y árboles grandes entremezclados con muchas especies de cactus, hasta que por fin pudimos detenernos por unos minutos. No en el lugar elegido, sino en el único posible. Allí pude comprobar lo fecunda de esta tierra extraña donde encontré flores, abejas y mariposas en medio del desierto.


En el lado oriental de la montaña el paisaje cambió y aparecieron extensos campos de lava con sus cascadas de rocas rojizas y sin vegetación. El sol empezó a bajar hacia el horizonte detrás de la montaña y el cielo se fue tiñendo de colores mientras unos nubarrones negros se arremolinaban presagiando una tormenta.
Desde mi ventana vi pasar vertiginosa a esa hermosa danza de luz y sombras, de brillos y oscuridad alrededor de los volcanes, pero no pudimos detenernos. Dejé mi corazón pegado a ese lugar que ahora forma parte de la gran colección de fotografías que nunca pude tomar.
Al final de la tarde llegamos a la población de Santa Rosalía frente al mar de Cortés. Una zona industrial, un puerto y un lugar vibrante y lleno de vida que esperaba con anhelo la tormenta que se desató esa noche. Sus habitantes recibieron felices el chaparrón y caminaban tranquilos paseándose bajo esa ducha improvisada.
Pasamos la noche en un Airbnb donde pudimos bañarnos. Suena casi como si anduviéramos apestosos y sin tocar el agua, pero depende de cuál agua estemos hablando: ¿de mar?, ¿de río?, ¿de lago? o incluso a veces nos ha tocado un “baño de gato”. Sin embargo, siempre nos hace falta una ducha con agua limpia y caliente. También necesitábamos una recarga, la nuestra y la de los electrónicos como celulares, cargadores, baterías y cámaras.


La mañana siguiente visitamos un pueblo muy pequeño llamado Mulegé, fundado en 1705 por un jesuita que construyó una de las primeras misiones en un oasis precioso. Llegar a este lugar tan exuberante, lejano y perdido en medio de un desierto inhóspito todavía es sorprendente. No puedo ni imaginar lo que fue para los conquistadores que lo vieron por primera vez y por qué decidieron ocupar la colina para construir la misión allí.



Pero como siempre en estos casos, me dolió en el corazón la basura, el abandono y la contaminación de las aguas del río. Incluso cuando busqué información, recibí una respuesta absurda: “Los misioneros lograron mejorar la apariencia del oasis introduciendo palmas de dátiles y árboles de olivo.” Entiendo que eso fuera la norma en el siglo dieciocho, pero no que en el veintiuno todavía se le designe de esta manera, porque la historia definitivamente es de quien la escribe.
Una noche inolvidable
Después de almorzar una sopa de mariscos, nos fuimos a la playa “El Requesón” donde decidimos quedarnos a acampar esa noche, aunque no íbamos bien preparados. Nuestra cocina, que dependía de gas butano, estaba inactiva dado que tuvimos que dejar los tanquecitos en California porque no nos permitían cruzar la frontera con ellos. Tampoco los repusimos por el peligro de mantenerlos dentro de un carro que pasa varias horas cada día bajo el ardiente sol del desierto. Así que tuvimos que hacer dieta forzada por un día, pero la falta de comida fue recompensada por la delicia de sumergirnos en las aguas tibias del mar de Cortés.





Lo más increíble de esa visita sucedió una vez que se ocultó el sol. El aire estaba húmedo y pesado, mientras el cielo presagiaba una lluvia que nunca llegó. Nubes de mosquitos se abalanzaron sobre nosotros y dentro de la carpa el calor era infernal porque no había brisa. Cerré los ojos y traté de quedarme muy quieta y relajada, esperando a que mi cuerpo se aclimatara y pudiera dormirme, pero la temperatura superaba los treinta grados y el pequeño ventilador de baterías no alcanzaba a mover el aire. Sintiendo que mi método había fracasado, decidí usar el poder de mi mente e imaginé que estaba en un bosque helado en Alaska, queriendo que el ambiente de mi visualización me ayudara. Tampoco surtió efecto y sentí que me ahogaba.
Como una medida desesperada abrí la malla y saqué la cabeza, sabiendo perfectamente el riesgo que implicaba. Era casi medianoche cuando sentí una suave brisa, pero lo que transformó mi experiencia por completo fue mirar hacia arriba, pues me olvidé del calor y de los mosquitos. Ese cielo sin una sola nube era un espectáculo que la mayoría de las personas solo percibe como una ilusión óptica dentro de un planetario. Martín se revolvía también a mi lado y me advirtió que me iban a atacar los mosquitos, pero ya no me importaba, incluso lo invité a que también él sacara su cabeza. Debió pensar que yo había perdido la razón porque se giró hacia el otro lado.



Yo no salía de mi asombro, ya que en los días anteriores había mirado ese cielo estrellado desde la emoción de las fotografías que podía tomar, pero no desde la observación tranquila y pausada. Mi ángulo de visión era muy restringido y empecé a jugar con la idea de dejar la carpa y acostarme afuera. En la tarde había comprobado que la arena era compacta y que sería como acostarme sobre una roca, dentro de la carpa mi colchoneta se sentía deliciosa. Después de debatir conmigo misma si sería razonable dormir a la intemperie, me puse manos a la obra, saqué mi colchoneta, mi almohada, mi botella de agua y mi celular para acostarme boca arriba. La brisa tomó fuerza y, poco a poco, esa experiencia se convirtió en magia. El sueño se escabulló en la oscuridad y a los mosquitos los dejé hacer, pues ya no había tantos y, fuera del zumbido en los oídos, traté de ignorar sus pinchazos.
Estando relajada empecé a ver los meteoros cruzando el cielo en todas direcciones, donde algunos trazaban una línea blanca corta y delgada mientras otros dejaban una estela larga y gruesa. Estuve allí sin moverme, disfrutando de ese momento único e irrepetible. Después de un buen rato, vi por el rabillo del ojo que se estaba formando una tormenta eléctrica hacia el noreste. Primero vi unos rápidos reflejos brillantes, pero al final ya iluminaban gran parte de las nubes que estaban en esa dirección. Tomé mi celular, coloqué la velocidad de obturación en diez segundos y emprendí la cacería. Cientos de imágenes después, logré atrapar unos pocos reflejos brillantes sobre las nubes.
Fue en ese momento cuando la luz del amanecer logró doblegarme, hasta que el calor del sol naciente me obligó a buscar la frescura de las aguas tranquilas del mar.
Detenidos por la policía migratoria
Después de un día delicioso por unos paisajes cada vez más hermosos, al final de la tarde nos detuvieron en un nuevo retén. Ya habíamos pasado varios sin problema, como el de los militares, el de la fiscalía y el de la policía de carreteras, pero este fue diferente. Eran los agentes de migración y el hecho de que nuestros pasaportes no tuvieran el sello los puso en alerta. Explicamos que nunca vimos una caseta de migración y que haríamos el proceso migratorio en la oficina de La Paz.
Nos retuvieron los pasaportes y después de un par de horas al sol y con las nubes de mosquitos tratando de perforar nuestros oídos, nos explicaron que tendrían que llevarnos a las oficinas del Instituto Nacional de Migración. Mientras tanto el Atlas se quedaría en el estacionamiento de la inspección. Durante la larga y caliente espera, los chicos sacaron los instrumentos para amortiguar el estrés.
Cuado llegó el cambio de turno nos subieron en el compartimiento trasero de una van, separados del conductor por una reja metálica. No sabíamos hacia dónde íbamos ni qué iba a sucedernos, porque según el oficial, no podríamos quedarnos en el país.
¿Tantos meses viajando, tanta preparación y nuestro viaje iba a terminar así?
Super relato, cada vez lo disfruto mas. Que les paso luego? Un abrazo
Estamos bien ❤️. Gracias por preocuparse. La historia todavía no termina… prometo contarles muy pronto qué pasó. Esta semana habrá edición extraordinaria. Lo prometo
Me emocioné muchísimo leyéndote, como si fuese una novela de esas donde una lee, lee y se sumerge en esas historias que conozco, pues viví en Tijuana y conozco la ruta que están haciendo.
Aún quiero saber el desenlace y espero que hayan librado a la patrulla de migración con un buen desenlace.
Victoria querida, las fotografías son majestuosas y la forma como narras todo, hace que sea historia que se quisiera leer con muchos días más.
Te admiro, te sigo, y muy surrealista si debió ser ese cambio de escenario de california a la “Baja”, que aunque suenen igual las Californias, cada una una es como paleta de colores con sus degrades y sus tonos fuertes y contrastes. Bonne route et continuation.
Abrazos para los Tres.
Lili, Gracias!!
Que lindo mensaje, si, estamos bien. Estamos bien ❤️. Gracias por preocuparte. La historia todavía no termina… prometo contarles muy pronto qué pasó. Esta semana habrá edición extraordinaria. Lo prometo
Vicky qué maravilla de relato, único y lleno de anécdotas, hay momentos que me encantan y doy gracias a tus fotos que relatan lo que no se dice con palabras.
Mil gracias por tanta belleza y espero que la ruta siga y no haya problemas.
Ahora ya saben, de primero sellar el pasaporte..
Gracias Beatri,
Si Estamos bien ❤️. Gracias por preocuparte. La historia todavía no termina… prometo contarles muy pronto qué pasó. Esta semana habrá edición extraordinaria. Lo prometo
Si lo siento como dices, ni las imágenes van solas, ni las palabras tampoco.
Como siempre las fotos espectaculares. En este relato reí, lloré, sufrí, quede fascinada con el paisaje , con rabia de ver como las basura nos está ahogando, pero lo peor es el final, como
Nos dejas así, que les paso? Están bien ???
Hola Claudia,
Estamos bien ❤️. Gracias por preocuparte. La historia todavía no termina… prometo contarles muy pronto qué pasó. Esta semana habrá edición extraordinaria. Lo prometo. Es muy difícil compaginar la belleza con esa basura. Entiendo la situacion, la falta de recursos, el hecho de que esta península esté apartada y aislada, hay cenenterios de carros gigantescos y qué pueden hacer con ellos?
Por favor cuenta como termina semejante aventura
Estamos bien ❤️. Gracias por preocuparte. La historia todavía no termina… prometo contarles muy pronto qué pasó. Esta semana habrá edición extraordinaria. Lo prometo
Que aventuras tan empcionantes. Pasar de los bosques de Canada a las tunas y de ahi a los lagos y aguas hermosas con noches de ensueño y de nuevo a los bosques. Uy Vicky que ensueño de paseo. Lo he disfrutado mucho. La foto del cielo estrellado con el centro iluminada es mi preferida. Gracias Gracias Gracias, por tanta emoción a través de tus palabras e imágenes.
Ay Lina! Ver la vía láctea ahí, con tus propios ojos!!!, eso es demasiado emocionante.
Cada día tus crónicas me emocionan más y más.. gracias, gracias, gracias
Gracias Patricia, un abrazo fuerte.
Que foros tan hermosas, triste lo de la basura, gracias por compartir
Si, con el pasar del tiempo solo empeorará…
Las fotos super al igual la narrative. En ese cielo de estrellas no habia contaminación lumínica. Muy precioso la via lactea y su cielo que parecia estubieras viajando por el espacio. Maravillosa la creación de Dios. Ustedes estan en una aventura que es muy peligrosa. Te pondré en mis oraciones. Abrazos desde Ruskin, Fl.
Gracias Myriam por escribir y por tus oraciones. Un abrazo
Son casi las dos de la mañana. Acabo de leer tu relato con el corazón en la boca!! Intenso, lleno de contrastes y experiencias. Salen de un mundo con reglas claras y entran a un mundo paralelo en donde la realidad se escribe al momento. Me alegra saber que pueden continuar su viaje. Me entristen los hallazgos de basuras por doquier, he visto ese panorama repetido en las vías colombianas de la costa caribe. Creo que esta etapa del viaje tendrá más contrastes. Cuídense mucho!!!
Gracias Consuelo por escribir.
De acuerdo contigo, cuando empecé a ver la basura en el desierto, recordé inmediatamente mi paso por Uribia en la Guajira, aún sigo sin entender como uno de los municipios más ricos de Colombia por las regalías del carbón esté sumido en la basura y sus habitantes tengan que vivir en esas condiciones.Además, es un problema que crece día a día. Muy triste.