Adiós a mis zapatos
Mis zapatos fueron mis compañeros de aventuras durante el último año y tuve que decirles adiós en la caja del reciclaje. Las suelas estaban desgastadas hasta volverse lisas. El forro interior tenía huecos en los talones, como si mi piel les hubiera dejado huella. La tela estaba manchada por tierra, sal, hierba, barro y agua cargada de sedimentos y algas.

Me sentí nostálgica al soltarlos
Me habían llevado por innumerables caminos: por trochas de barro en los bosques de niebla y las selvas húmedas en Colombia. Por senderos de lava en las Islas Canarias en España, por las playas negras cubiertas por diamantes de hielo en Islandia, por los humedales atiborrados de aves en la Florida y por las calles sin nombre en Barcelona, Boston, Nueva York y Medellín. Habían sentido la grava, el asfalto, las piedras milenarias, la hierba, la arena caliente y la humedad de los charcos.
La vida nómada no me permite muchos lujos
Solo hay espacio para lo esencial. Un par de zapatos de caminar, unas chanclas para la playa y quizás unas botas de invierno, cuando camino en la nieve. Pero estos zapatos fueron más que “útiles”, ellos fueron testigos. Cuando los dejaba en la puerta de cada Airbnb, cubiertos de polvo o barro, yo me reconocía en ellos: cansada, cargada de emociones y lista para iniciar una nueva aventura.

Renunciar a un par de zapatos puede parecer trivial, pero los había usado cada día durante un año entero. Los nuevos que los siguen todavía no tienen historia, No se sienten tan cómodos, aún no conocen mis pies. Están limpios, sin huellas y cuando camino, doy vuelta a los charcos y no cruzo el atajo de barro por el centro, sino que doy un rodeo, para no mancharlos. Pero ya empiezan a caminar conmigo y a conocer el mundo.
Quizás algún día, también a ellos los deje en otra caja. Pero por ahora, son los que sostienen mi andar.
Comentarios